Archive for 18 mayo 2008

Robert Maroon: Un gran ser que no sabía nadar en un bol.

mayo 18, 2008

Primera parte: El conocimiento de Robert Maroon.

Comía en casa, unos bonitos macarrones dentro de un bol. Los comía sin pasión, a toda velocidad. ¿Por qué? La normalidad, supongo. Terminé. ¿O no debería decirlo? En efecto. Asomaba alguien. Un solitario macarrón. Sin saber el porqué, le cogí un espantoso cariño. Dos minutos después ya tenía nombre que ponerle. Fue rápido, Robert Maroon. Pasó al bolsillo de mi camisa.

Segunda parte: La mansión conoce a Robert.

Un amigo rico me invitó a su fiesta. Caminé. En el camino le dije a Maroon que no nos preocupáramos, que estuviéramos tranquilos. Me permití el lujo de pasar por la mansión. Alguien me llamó para un discurso, era el mismo amigo. Me consideraba divertido. Entonces subí a una silla, enseñé a Robert, hablé y bajé. Creo que oí carcajadas. Si es así, me alegraré.

Tercera parte: Robert casi muere.

Un día, cuando volvía de casa, tropecé con algo. Iba a toda velocidad contra la pared. Sin saber cómo, pude desviar un poco mi camino. Mi hombro se estampó, y de esta forma salvé a Robert.

Cuarta parte: Jodo la trilogía.

Robert Maroon se relaja en mi hogar con la tranquilidad que el Mundo le ofrece -dieciséis minutos con ocho segundos de interés T.A.E.-. Cuando me entra un hambre atroz, le quiero comer. Pero recuerdo. Calma, calma, calma. Robert es mi gran amigo y me ha dado mucho en la vida.

Opinión. ¿Estamos destapando uno de los mayores crímenes del Estado?

mayo 15, 2008

Sí, Chanquete no ha muerto. Lo ha hecho un copo de maíz ayer. Esta noticia ha supuesto un bombazo. Pero nada nuevo ha ocurrido en nuestros hogares. Cada día, millones de familiares matan copos de maíz para satisfacer sus paladares mañaneros. Lo que ha ocurrido es que el Gobierno no quería destapar esto, por proteger a Kellog’s -empresa nada honesta que pare a copos para encerrarlos luego y promover batallas con los dientes del populacho-.

Pero hoy se ha visto obligado. Ha tenido que salir Paco al balcón de la Moncloa para declarar que no es nada, que es sólo una anécdota. Sin embargo, la maquinaria ya está en marcha. No se detendrá ante nada.

Supondré que este ruido que se ha generado entre la opinión pública servirá para una atenta reflexión de cinco segundos. De hecho, los rumores dicen que Xavier Collin, ministro de Sanidad, está promoviendo una ley para que comer copos de maíz sea tipificado como delito en el Código Penal.

Y las ventas de Kellog’s han caído en un 3,75% ayer. Que empiece la fiesta, muchachos. Poned los altavoces a todo volumen, que podemos hacer algo para cambiar esta sociedad.

Un copo de maíz ha muerto

mayo 15, 2008

A la temprana edad de tres días, ese ser entrañable fue arrojado a la leche caliente por un desaprensivo, que anteriormente le sacó de una caja de cereales a rastras. Digamos que la vida del copo fuera de su hábitat natural fue como una tortura lenta. Se adaptó relativamente bien a la leche, pero luego se ablandó y gritó horrorizado.

En ese infierno, su agonía se callaba poco a poco. La evidencia era aplastante, los 35 grados de la leche le quitaban poco a poco la vida. Al final murió del todo y pasó al molar derecho de quien tomaba este desayuno. Sus restos ahora serán comidos por las bacterias estomacales, tras ser triturado por la increíble potencia de la dentadura humana.

El individuo responsable de tal acción, T.M.C, sigue en libertad. Nadie le ha detenido aún. Ni lo harán, desde luego. Todo se reduce a una expulsión del copo de maíz, que andará por las cloacas en forma de minúsculas partículas, viviendo entre excrementos.

Revelaciones místicas

mayo 13, 2008

Los antiguos hablaban de un monstruo que iba a conmocionar a una sociedad pero que no sería material. ¿Quiénes fueron aquellos visionarios tan prometedores? El pueblo de los zalomaths a través del gran brujo Zanniah. En una lápida dejó grabada, en idioma zalomath, la siguiente inscripción: “Emergerá un monstruo de las profundidades. No lo tocaréis, nunca. Pero sentiréis su presencia”.

Ayer, se habló mucho del monstruo por la calle, Internet, la televisión y demás zarandajas. Se podía sentir su impacto, sobretodo en los cines. Caras, troncos y piernas manifestaban el mismo sentimiento de sorpresa y emoción tras haber esperado meses el estreno de esa película tan especial, con el monstruo en mejor forma que nunca.

Otros aplazaron su cita al día siguiente; el cartel de la película con sus adornos creados por John Mayard, un ídolo de la sociedad moderna -puntualicemos, es publicista-, venció al escepticismo natural que residía en ellos. También se dejarían convencer por el potente aire acondicionado, a veces demasiado, las palomitas que piden un sitio en el molar inferior derecho y los acomodadores, más ocupados en arrebatar el Poder a las cámaras para que no viaje a las profundidades de los servicios de descargas online.

Un grupo pequeño e inmundo, participante indirecto del caos, usó su criterio para mandar la película a Argelia y no verla. El caso es que se enteraron igual, la información aparecía hasta en sus latas de refresco Coca-Cola.

De todas formas, quien más se regocijó fue el estudio de cine Tojo. Desde sus sótanos, prepararon a la gran bestia en un complejo proceso de postproducción. Un milagroso ordenador con potencia de sobras hace que un monstruo mida 50 metros, tenga la piel verdosa, escupa fuego y asuste a algunos niños. Posteriormente, el marketing de Tojo, en el primer piso, hace emerger de verdad a la bestia y provoca que un nuevo tema de charla surja. También hay un extraño visitante en ese lugar que pasó desapercibido, sólo contemplaba el proceso ése.

Y tenemos otra bestia, de casi tanto valor como el cíclope de los griegos, Godsilla.

El crítico

mayo 2, 2008

Éste es Manny. Señor de 36 años, mirada de buitre. Míremosle de cerca. Mueve su nariz, al parecer ya ha olido a algún artista. La revista en la que trabaja, Fignol Arts, sabe que puede contar con su increíble olor. Hoy va a criticar a Richard Samson. No, espera. Manny menea la cabeza. No le criticará. Contempla con dedicación a una cucaracha que pasaba por ahí. Abre un poco los ojos, como queriendo decir que tiene ideas. Creo que sería el único ser del mundo capaz de encontrar tanta belleza en una cucaracha.

-Vaya, vaya. Bonita cucaracha- piensa Manny.

¡Y eso que hay gente para todo! Precisamente él mató a dos cucarachas con la escoba en su hogar, ese piso elitista de 30 metros cuadrados otrora hogar obrero. En este trono imperial, también tiene a su alcance el poderoso diccionario de la sacrosanta Real Academia Española, que quiere más y más. Es continuamente repasado por Manny, que se sumerge en la búsqueda de adjetivos bellos. A menudo se ahoga y pide refuerzos para poder escudriñar más a fondo este amasijo de papeles.

Suele ocurrir a menudo, y así es cómo el lector con seso disfruta de las críticas artísticas que hace. Gracias al buen criterio del general Wilson, que le indica las palabras bonitas a usar para el artículo de turno, podemos encontrar críticas tan originales como “Camus, arana de sátrapas que pretendían mojar sus egregias plumas para dar réditos a los editores ansiosos de carnaza”. Hoy, otro diálogo de militares.

-Señor Manny, utilice las palabras sátrapa, ánima, ególatra y egregio para crear su crítica sobre la cucaracha.
-¡Ok, general!

La noche transcurre. Los ruidos de teclado de Manny dan placer a los vecinos, que ya no sueñan. Las voces de aquel trasto provocan que el sueño se aleje de ese edificio de pisos. De repente, ese sonido se detiene. La impresora ahora gime. Ayuda al crítico a que coma un día más. De su boca salen unos cuantos papeles, flacos pero bonitos.

Al día siguiente, Manny y la revista Fignol Arts sonríen mutuamente para luego encender el fuego.

-¿Cómo que una cucaracha? ¡Estás despedido, Manny!
-Oh, egregio jefe. ¿Qué le impulsa a tomar esta decisión?
-¡No casa con las políticas de Fignol Arts! ¡Un insecto tan repugnante!

Y el intelectual despedido, que tantas alabanzas recibió antaño, ve a una mujer con pechos enormes y le suelta toda clase de berridos. El intelectual reducido a simple animal. A sus 36 años, nadie sabe a dónde se dirigirá Manny. ¿A ayudar a recoger la pastilla de jabón de unos reclusos? ¿O a enterrarse entre demandas? ¿O a comer del paro?