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Contables y dragones

julio 7, 2008

El contable Eustaquio, tan calvo -por la parte de arriba, la coronilla seguía sin querer extinguirse- e inflexible que era, salía de su casa con una increíble rectitud. Caminaba justamente en línea recta y cambiaba de dirección con una asombrosa perfección. Nada, ni un bólido, le podía desviar de su camino. Se mosqueaba un poco con sus pies cuando éstos aprovechaban la distracción momentánea de su ordenado y meticuloso cerebro para revolucionarse -tanto tranquilo le cogió a esto que sabía cómo abortar esas cosas en el espacio de pocos segundos-. Procuraba no enseñar nunca jamás la sonrisa ni reírse. A cualquiera persona le enseñaba su castellano más formal.

Pero todo puede cambiar. Tuvo un pequeño aliento de frescura en su cerebro, esa sensación que le ordenó ir al mercadillo que había en una céntrica plaza de la ciudad. Por una razón, que responde al nombre de porque sí, se enamoró de un pesado objeto negro. Una cinta de vídeo. En su organización de preciosa seda, se acordó de que tenía que reutilizar su aparato de vídeo. Había estudiado a fondo la rentabilidad económica de un reproductor de DVD. Demasiado ruinoso, se lamentaba él.

Tiró un billete arrugado al vendedor y se llevó el VHS, en contra de las crónicas oficiales que comentaban una perfecta actitud del contable a la hora de comprarlo. ¿Para qué comentar una larga y preciosa vuelta a casa? Digamos que pasó a otro espacio del tiempo en donde encendió su aparato de vídeo. Tras el evidente ruido ochentero del vídeo y la figura no tan evidente que aparecía, se oía un mensaje: “El gran dragón verde con llamas moradas se encuentra en el sótano del edificio Windsor”. Pensando que se trataba de un loco fanático que aprendía a usar su cámara de vídeo, le creyó. Su mamá le había dicho de pequeño que cualquier loco era una fuente de confianza.

Ensayó frente a un espejo. Simuló asombro: “¿En mi propio edificio tengo un dragón, un jodido animal fantástico?”. Era su primera palabra malsonante del día. De repente, le vino una sensación de ánimo. Con paso decidido, el contable se marchó a su trabajo equipado con un poderoso maletín y unos ejemplares del boletín oficial del estado. Parecía el rey de la calle, por una vez no andaba con seriedad. Miraba descaradamente a menores de edad preocupadas por su falda exageradamente corta. Bueno, daba igual. Ya estaba en la zona financiera, en el edificio que albergaba a su trabajo.

A los goblins que vigilaban el edificio ni los miró. Pilló el peor montacargas del edificio de oficinas, equipado con cuatro diamantes -el resto tenía mucho más-, bajó de manera ligeramente accidentada, digamos que ese ascensor se sobrepasó dos milímetros en su parada, y vio a un gran ser durmiente. Gritó: “Puta, ruge”. Para aquel entonces, ya era un ser vulgar.

El dragón tópicamente se despertó, echó fuego para adornar la escena y, en un alarde de originalidad, trató de vender su jabón al contable, que lo rechazó aduciendo que debía la nómina de 1957 a Hacienda. El animalito verde, que tantas princesas aterrorizó y secuestró en sus buenos tiempos, se quedó pensando y puso cara de miedito. Se arrinconó en una esquina a la vez que el contable usaba su maletín a modo de mandoble e insultaba, adoptando la identidad de aquellos forzudos que peleaban contra los malos en esos cómics Marvel de su infancia.

La bestia voladora y fogosa al fin pudo recordar y echó una risita diciendo que tenía a la princesa más hermosa del reino cautiva. El contable no se amedrentó, había superado unas oposiciones durísimas y se sabía de memoria el funcionamiento de Hacienda. Con un complejo cálculo de los intereses a largo plazo y su explicación teórica, el dragón dejó de rugir y se le acabó la mecha que le daba la excusa de la princesita.

Seguía intercalando insultos y explicaciones teóricas durmientes el señor del maletín, mientras el dragón no paraba de gritar: ¡ay! Finalmente, ya no era señor del maletín. Lo tiró con fuerza. Se abrió. Un papel con la información sobre impuestos tributarios del 2008 cayó en los ojos del dragón, que se aterrorizó y prometió ser buenito: “Pagaré”. Ahora es otro animal reconvertido a ciudadano ejemplar pagador de impuestos.

Colorín colorado, esto se ha acabado… Espera. La princesa fue tomada por el contable como si fuera el Gran Libro de la Hacienda 2007-2008. Ahora la tiene en su estantería, recogiendo polvo y emite un sonido: “¡Guerrero buenito, gracias!”. Y el buen hombre ha vuelto a su habitual aburrimiento, en donde si suelta una palabra malsonante o “guay”, se suicida. También abandona a toda emoción, signo de debilidad para él. Y sigue estudiando concienzudamente rentabilidades económicas variadas, siendo capaz de desechar un muñeco de sumo de 20 céntimos por ruinoso.

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