El Soberano

Ahí está un individuo, Él, bajo, rechoncho y con unas botas de metal. La silla más cómoda de la Nación le ha sido concedida por derecho divino. Ahora mismo está como siempre, ordenando a sus bellas criadas a traerle criadillas de res con salsa de mostaza a la antigua, recubierto por encima con mermelada de frambuesa de la mejor calidad y caviar de beluga rusa. Se retira a sus aposentos, cerrando bruscamente uno de tantos enormes portones de hierro que adornan su Real Palacio.

En otro día, perteneciente al pasado cercano, El Gran Soberano tropezó con una escoba e inmediatamente mandó despedir a una de tantas criadas suyas, realizando por el camino su crítica poco fundamentada a algunos opositores políticos que “ensuciaban” su feudo. Y dos minutos después, en una reunión con sus hombres de confianza, su voz sobresalía sobre las demás. Y el Reino volvía a funcionar de pena una noche más.

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