Archive for 22 enero 2009

Ser rico en cinco segundos…

enero 22, 2009

Un hombre de 33 años. Despistado. Con las manos cerca del trasero y de pie contemplando de reojo ese programa para ser rico que luchaba contra 96 programas similares en la televisión nacional por su trocito de la tarta del público. Del infernal altavoz estropeado de ese dichoso televisor salió un mensaje entre sonidos metálicos: “¡USTED PUEDE SER RICO!”. El humano, en su más elevada ingenuidad, se dio la vuelta y pisó sin querer ni mirar una pelota de goma que descansaba en el suelo. No se dio cuenta, estaba centrado en una ausente montaña de dinero que aparecía en el sofá, según la atenta visión de su cerebro. Se lanzó al mullido mueble y jugó con el simpático aire. A continuación, se pudo observar cómo no se preocupaba por esos billetes que, en teoría, habían volado para colarse por esos recónditos sitios. Y se durmió sin más. Eran las tres de la madrugada.

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Peñasco sobre buitre, una visión rápida.

enero 20, 2009

Erick González, crítico profesional de arte.

No se duda si tenemos que optar por el último grito en el arte oficial. La obra de Juan Castellanos, “Peñasco sobre buitre”, merece todas nuestras atenciones. Bella y efímera como ella sola -el buitre es auténtico-, impresiona a toda clase de espectador por lo arriesgada de la propuesta; un buitre muerto debajo de una piedra grande.

Nunca se había visto algo semejante en una feria de arte; el genuino rastro de sangre reseco acerca a quien lo contempla a un espectáculo onírico de huesos partidos, plumas sueltas, alas en desuso y vísceras aplastadas que se exhiben para deleite de ese mismo curioso. Todos estos aspectos, unido a la crítica poco fundamentada de muchos detractores, contribuirán a construir un mito eterno alrededor de esta obra.

La breve explicación que dio el responsable de esta obra, “esta obra la he realizado para demostrar al mundo que si nosotros no lo hacemos, la Naturaleza mata”, es la mejor y más precisa para comprender en todo su esplendor el encanto y trasfondo de una de las mejores apuestas artísticas de la última década.

En palabras personales del autor de esta crítica, representa el sadismo que la Naturaleza puede llegar a acumular y cree que pasará a ser una anécdota destacada en los mejores libros de historia del arte. Y da un consejo: corran a verla, que es una obra artística efímera.

Españeando – Cruel documental sobre nuestro país. Capítulo 23, el funcionariado.

enero 16, 2009

Un hombre-palo gigantesco, nuevo funcionario estatal, está derribando un hotel ilegal situado en un acantilado de las Palmas de Gran Canaria. Extiende su pierna y con un golpe invisible arranca de cuajo bastantes plantas del hotel. Gran parte de sus huéspedes gritan al unísono “Aaaaaaaaaaaaaaaaah”. Posteriormente, el silencio y un edificio que sólo tiene sus tres primeros pisos en perfecto estado. Recepción, Los Otros, unos huéspedes sueltos, y turistas ex-inocentes huyendo sin saber a dónde ir.

En los bajos del acantilado, unos peñascos ordinarios, escombros del objetivo de ese hombre-palo gigantesco y cadáveres sueltos. Teñido de rojo por un momento. Hasta que las olas, con su infinita paciencia, disuelven esa sangre humana débil y excesivamente temporal. El escenario en donde ha tenido que actuar ese funcionario, asignado a misiones canarias, no es tan precioso como lo podríamos imaginar, es pobre. Sólo hay cielo blanco. Y subsuelo también blanco. El lugar está mal definido, sólo encontramos líneas flacas -como un intento poco creíble de imitar un acantilado o un motivo ondulado que supuestamente representa el mar-.

Es, sin duda, una escena habitual en España desde el año 2021. Es la mejor solución que ha encontrado el Gobierno para hacer cumplir la ley de Costas, que estaba bajo unos interminables cajones recolectando su cuota gratuita de polvo mientras se apoyaba la idea monótona del “especula-especula” y el voraz ladrillo colonizaba todo tipo de tierras. Tras una tormenta de ideas, debate incluido, se decantó por la opción de crear hombres-palo descomunales -50 a 60 metros de altura- y con dos frases que soltar*. Y se consideró que serían funcionarios del Estado con sus derechos, como horario de las 8 de la mañana a las 3 de la tarde y derecho a baja. ¿Y qué hay de la fabricación de estos señores? Se fabrican en la periferia de Zaragoza, en una nave industrial. Se transportan adecuadamente en un camión especial a los distintos puntos del país. En el caso canario, en barco.

* En las especificaciones sobre esos gigantes dice que deberán soltar dos frases según el momento. La primera, un “¡Yo romper malo!” cuando destruye el hotel ilegal de turno. La otra, “Estado, estado. Yo ser bueno”, cuando quiere decir al Estado que ha terminado con su trabajo.


Nos alejamos un poco. Vemos un tablero de corcho con una serie de dibujos surrealistas. Y giramos la cabeza. Estamos en la oficina de un funcionario del Ministerio de Defensa que ha deleitado a nuestros oídos con fantasías oníricas sobre el futuro de España además de escenificar cuidadosamente sus ilusiones a golpe de lápiz aprovechando ese bloque de papeles que tiene sobre la mesa, aparte de malgastar chinchetas. Comprobamos por última vez la oficina. Y salimos a la calle tras pasar por rutinarios pasillos y escaleras. Año 2009. Camiones de mudanza vulgares. Peatones que no saludan. Vida urbana a la española. Ni rastro de gigantismo. Amigos, esto es la maldita realidad de España.

¡Elija su causa revolucionaria! – #448, la causa de la boina.

enero 9, 2009

Sección diaria que pretende dar a conocer toda clase de agitaciones sociales para aquel lector sentado en su cómoda silla que nos lee.

¡Hermanos, boina y gloria eterna!

Quisiera denunciar que circula por ahí el rumor infundado de que si te pones una boina, la íntegra parte de tu cuerpo se desintegrará a las pocas horas y desaparecerás irremediablemente como persona de este mundo. ¡No son más que crueles mentiras provocadas por nuestro malvado gobierno central, ése que lleva rabos y cuernos aunque no lo quiera reconocer ni lo muestre al público! Para muestra un botón; a mi hermano Iñaki, que orgullosamente tapa su calva cabeza desde hace años con una boina a cuadros, un ciudadano crédulo le señaló y gritó de pánico. Sin más. Sí, como lo oyen. Chillidos descontrolados de cheerleader. ¡Pero ese miedo es estúpido e irracional!

Por más mares tormentosos que crucemos, tempestades que se interpongan en nuestro camino y ríos de lava que traten de detenernos, ¡debemos seguir adelante en la lucha! ¡Hermanos, tapad vuestra sabia cabeza con la gloriosa boina! ¡Sed fuertes contra aquellos que os desprecian por ser diferentes! Algún día el mundo cruzará los brazos, asentirá y nos dará la razón. Entonces habremos vuelto a vivir todos en paz y armonía, en un mundo lleno de vegetación abundante, verde y un sol justiciero que alumbrará a todos.

Bailando sin ecuaciones…

enero 7, 2009

Relato una historia cruel y ficticia sobre mi periplo por la secundaria española:
Era un tórrido día de junio, el anhelo de fiesta y ese sentimiento de frustración se mascaban en el ambiente a partes iguales. Las féminas, ya fueran agraciadas o no, enseñaban sus tops con escote incluido. Nosotros seguíamos siendo los 30 individuos empaquetados y listos para cumplir con ese servicio militar obligatorio que era la ESO. Era día de remachar los últimos detalles del último curso y de decidir quién iba al microinfierno de septiembre.

Empezaba la plomiza última hora, con un examen atípico. Todos estábamos sentados en nuestros sitios, salvo algún que otro compañero viciado a las revistas de tuning ésas de los huevos. Yo, el desgraciado de la primera fila, tenía que soportar una visión que me acompañaría por el resto del día. Al menos tenía un compañero parlante a mi lado que vivía. Con breves comentarios podía capear el aburrimiento.

El sudor corría por mi frente; estaba muy mal mentalmente, llevaba pocas horas de sueño a mis espaldas y delante tenía a una cara sobradamente conocida. Mi tediosa, opinión que secundaba la totalidad de la clase, profesora de matemáticas. Con voz de desgana, cuando todos los pollitos del lugar estábamos en nuestros sitios, nos dijo que el examen consistía en bailar individualmente delante de ella. Si lo hacía bien según su criterio, aprobaría. Se generaron automáticamente caras de asombro y charlas en “privado” donde la sentencia más empleada era “está majara perdida”.

Uno a uno, los alumnos fueron apareciendo ante la triste mesa grande verdosa con madera de roble. Empleaban movimientos aleatorios, nada desgarbados, con el beneplácito de la profesora. Las risas iban por turnos. Lo reconozco, en aquellos días de terror infernal me reía bastante y en ese momento no era excepción. Eso sí, abrí los ojos con sorpresa en casi todos los casos. No paraba de oír “Aprobado” tras la calamidad que supusieron los anteriores exámenes para una gran mayoría -yo incluido-.

En efecto, tras unos larguísimos minutos, me tocó. De 30 alumnos, yo era el 23º alumno en bailar. Me gané, sin comerlo ni beberlo, un comentario de la profesora, “No lo haces mal, pero debes ser más sensual”, al mismo tiempo que yo movía aleatoriamente mi cuerpo simulando que bailaba. Tras treinta segundos de sufrimiento leve, me dijo, tratando de imitar una voz sensual que salió como voz de espantajo, lo siguiente: “Encanto, ¡estás aprobado! Espero que nos volvamos a ver”.

Podía despedirme de matemáticas, pero no huir por patas. La clase acababa simplemente cuando la profe lo decía. Mientras veía a otros danzando, toda clase de pesadillas y horrores por narrar rondaban por mi mente. Entre mis espantosas ganas de dormir y una visión parcial del mundo real, yo me enteré a medias de que el examen había finalizado. También creí haber escuchado ruido comprensible presuntamente proveniente de la profesora con algunas sentencias al vuelo como “Queridos alumnos”, “¿os lo habéis pasado bien?” o “aún queda por recorrer”. Me desperté a duras penas cuando la clase finalizó, momento aquel que aproveché para neutralizar el 90% de los recuerdos de aquella clase.

Siempre recordaré ese día con escaso cariño, enorme nostalgia y sentimientos contradictorios. ¡Quiero volver a vivir esos días! ¡Ay!