Bailando sin ecuaciones…

Relato una historia cruel y ficticia sobre mi periplo por la secundaria española:
Era un tórrido día de junio, el anhelo de fiesta y ese sentimiento de frustración se mascaban en el ambiente a partes iguales. Las féminas, ya fueran agraciadas o no, enseñaban sus tops con escote incluido. Nosotros seguíamos siendo los 30 individuos empaquetados y listos para cumplir con ese servicio militar obligatorio que era la ESO. Era día de remachar los últimos detalles del último curso y de decidir quién iba al microinfierno de septiembre.

Empezaba la plomiza última hora, con un examen atípico. Todos estábamos sentados en nuestros sitios, salvo algún que otro compañero viciado a las revistas de tuning ésas de los huevos. Yo, el desgraciado de la primera fila, tenía que soportar una visión que me acompañaría por el resto del día. Al menos tenía un compañero parlante a mi lado que vivía. Con breves comentarios podía capear el aburrimiento.

El sudor corría por mi frente; estaba muy mal mentalmente, llevaba pocas horas de sueño a mis espaldas y delante tenía a una cara sobradamente conocida. Mi tediosa, opinión que secundaba la totalidad de la clase, profesora de matemáticas. Con voz de desgana, cuando todos los pollitos del lugar estábamos en nuestros sitios, nos dijo que el examen consistía en bailar individualmente delante de ella. Si lo hacía bien según su criterio, aprobaría. Se generaron automáticamente caras de asombro y charlas en “privado” donde la sentencia más empleada era “está majara perdida”.

Uno a uno, los alumnos fueron apareciendo ante la triste mesa grande verdosa con madera de roble. Empleaban movimientos aleatorios, nada desgarbados, con el beneplácito de la profesora. Las risas iban por turnos. Lo reconozco, en aquellos días de terror infernal me reía bastante y en ese momento no era excepción. Eso sí, abrí los ojos con sorpresa en casi todos los casos. No paraba de oír “Aprobado” tras la calamidad que supusieron los anteriores exámenes para una gran mayoría -yo incluido-.

En efecto, tras unos larguísimos minutos, me tocó. De 30 alumnos, yo era el 23º alumno en bailar. Me gané, sin comerlo ni beberlo, un comentario de la profesora, “No lo haces mal, pero debes ser más sensual”, al mismo tiempo que yo movía aleatoriamente mi cuerpo simulando que bailaba. Tras treinta segundos de sufrimiento leve, me dijo, tratando de imitar una voz sensual que salió como voz de espantajo, lo siguiente: “Encanto, ¡estás aprobado! Espero que nos volvamos a ver”.

Podía despedirme de matemáticas, pero no huir por patas. La clase acababa simplemente cuando la profe lo decía. Mientras veía a otros danzando, toda clase de pesadillas y horrores por narrar rondaban por mi mente. Entre mis espantosas ganas de dormir y una visión parcial del mundo real, yo me enteré a medias de que el examen había finalizado. También creí haber escuchado ruido comprensible presuntamente proveniente de la profesora con algunas sentencias al vuelo como “Queridos alumnos”, “¿os lo habéis pasado bien?” o “aún queda por recorrer”. Me desperté a duras penas cuando la clase finalizó, momento aquel que aproveché para neutralizar el 90% de los recuerdos de aquella clase.

Siempre recordaré ese día con escaso cariño, enorme nostalgia y sentimientos contradictorios. ¡Quiero volver a vivir esos días! ¡Ay!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: