Archive for 27 febrero 2009

El día de la independencia.

febrero 27, 2009

Asumida ya la carencia de dependencia total del decadente reino español, Sakonia lanzará al aire cuarenta y ocho bengalas de excelente calidad que saldrán por un módico precio del negocio patrio, nada menos que los internacionalmente famosos “todo a cien”. Estallarán en el aire, dibujarán sonrisas en la ciudadanía sakonia y harán rabiar de envidia a los brutos madrileños que observarán el espectáculo sin saber lo que se cuece más allá de nuestras sólidas murallas.

Al son de Jabón Lagarto, música nacional de calidad, agitaremos intensamente nuestras banderas y nos fundiremos en un gran abrazo de comunidad, un abrazo que quitará el hipo al neutral sin patria y dará a conocer la diminuta magnificencia de Sakonia. Y bajo el abrazo desnudo de las estrellas de nuestro precioso y único cielo, sucederá un fulgor de enorme magnificencia y con nombre, “La Gran Fogata”. Después de tener nuestros cuerpos conjuntados y calientes, buscaremos entre nuestros bolsillos los enseres que nos recuerdan que antaño vivíamos en la inmundicia española.

Principalmente, de llama débil e indigna alimentada por ramas pequeñas pasará a ser una llama enorme, intensa y viva que recordará nuestra fuerza como pueblo unido. En vez de arrancar la preciada madera de los árboles sakonios con atroces hachas, lanzaremos cartas del Estado Español, documentos no-nacionales de identificación y pasaportes bárbaros que muestran el cutre logotipo de España. Material de utilidad, sin duda, para alimentar fuegos variados.

Todo ello, bajo una noche fresca de verano con hermosas estrellas y una luna en excelente estado, será la consolidación de este proceso de independencia y obligará a los fabricantes de mapas de Madrid a colocar a Sakonia como una excepción aparte, un grano persistente en la grandeza fútil de Madrid.

¡Andemos por Sakonia! ¡Sakonia! ¡Sakonia!

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Pensamientos interiores ante un cartucho de nada.

febrero 21, 2009

Ante un mancillado escaparate de una tienda de segunda mano repleto de videojuegos andrajosos, ¿qué podía hacer? Salivaba, perdiéndose la baba a lo largo y ancho de mi barba. ¿Qué diablos hacía? Simplemente admiraba un cartucho negro para la Game Boy Color compatible con viejos modelos de ese trasto de Nintendo. Sus clásicos relieves, los presentes en todo cartucho de ese tipo, no me amaban. Mire más abajo y entonces fue cuando empecé a derramar saliva por mis labios para caer en el infinito de la barbilla; ¡sí me amaban! Su pegatina, tan genérica ella, decía “Barbie: Aventura Submarina”, con una imagen borrosa en primer plano que mostraba a Barbie-Difusa en miniatura. Valía tres euros de nada, pero… ¡ay de mí! En mis bolsillos el vacío absoluto sólo conocía. Salí con congoja y un alma en pena. No iba a poder gozar de esos niveles de agua con los que jamás gozaba en videojuego alguno.

Popularidad al hoyo, modestia para la victoria.

febrero 5, 2009

Observo, consternado, un espectáculo en el Palacio de los Deportes, en Madrid. Son los octavos del campeonato mundial de lucha. En una esquina, la roja, está un hombre de preciosa tez, un cuerpo inimaginable en el triste mundo real, con unas manos acreedoras de un mandoble tremendo de hoja opípara, un peinado técnicamente imposible en muchas partes del planeta, perfectamente rubio, y unos penetrantes ojos azules. En las gradas vecinas veo a muchas causantes de mi congoja. Jovencitas de quince años alocadas que no paran de gritar y de aprovechar sus hormonas por ese hombrecito, de nombre Maghtaris, que me suena de algún videojuego ignoto de salvar al mundo y demás bla-bla.

No obstante, la otra esquina me ofrece alegría. Somos pocos pero cuerdos los animadores del otro combatiente, Manuel Cerro, un viejo compañero mío en el ejército español y enorme militar. Con ropa sencilla, una cara ordinaria, sin ese papel de favoritismo que se adjudica según popularismo, y equipado con una CETME de modelo C, coloca correctamente sus pies en la azulada esquina y espera impacientemente una señal del árbitro.

Así pues, el combate empieza y termina. Mientras tanto, sólo he podido llevarme cinco patatas a la boca de esa bolsa pequeña y carísima. Con celeridad y extrema disciplina militar, Manuel aprieta a fondo el gatillo nada más oír el pitido de comienzo. Unas balas infernales y velocísimas salen de aquel cañón. Puntuales y directas, se dirigen al cuerpo de Maghtaris, que empuña estúpidamente su espada para regodearse. Una sensación de regocijo me inunda. Observo cómo ese cuerpo de dos metros se convierte en muñeco de trapo tras dejar pasar a esas balas. Y el señor Cerro sonriendo levemente tras su brutal asesinato a sangre fría.

Y así, con tamaña velocidad, Manuel Cerro es declarado ganador, a pocos metros de un cuerpo inerte y tumbado en el suelo dejando un charco de sangre que la organización limpiará sin inmutarse. Se retira a aquellos infinitos e íntimos vestuarios, entre fanáticas del finado que están en plena acción: vivos chillidos con breve contenido: “¡Asesino!” y comida que se desperdicia en dirección a ese militar patrio.

Ya no veo ni un poro de la piel de Manuel, bien arraigado en el vestuario. Salgo del estadio tras una brevísima estancia y un tiempo malamente rentabilizado. 7 minutos a ojo de buen cubero por 35 euros de entrada en una grada decente y una cola de 5 horas y 38 minutos. Al menos me consuela saber que Maghtaris no volverá a pisar el vestuario. Pasará sus próximas horas entre bolsas de plástico negras para viajar gratis en un Mercedes modificado al inmenso cementerio local que poseemos.