Popularidad al hoyo, modestia para la victoria.

Observo, consternado, un espectáculo en el Palacio de los Deportes, en Madrid. Son los octavos del campeonato mundial de lucha. En una esquina, la roja, está un hombre de preciosa tez, un cuerpo inimaginable en el triste mundo real, con unas manos acreedoras de un mandoble tremendo de hoja opípara, un peinado técnicamente imposible en muchas partes del planeta, perfectamente rubio, y unos penetrantes ojos azules. En las gradas vecinas veo a muchas causantes de mi congoja. Jovencitas de quince años alocadas que no paran de gritar y de aprovechar sus hormonas por ese hombrecito, de nombre Maghtaris, que me suena de algún videojuego ignoto de salvar al mundo y demás bla-bla.

No obstante, la otra esquina me ofrece alegría. Somos pocos pero cuerdos los animadores del otro combatiente, Manuel Cerro, un viejo compañero mío en el ejército español y enorme militar. Con ropa sencilla, una cara ordinaria, sin ese papel de favoritismo que se adjudica según popularismo, y equipado con una CETME de modelo C, coloca correctamente sus pies en la azulada esquina y espera impacientemente una señal del árbitro.

Así pues, el combate empieza y termina. Mientras tanto, sólo he podido llevarme cinco patatas a la boca de esa bolsa pequeña y carísima. Con celeridad y extrema disciplina militar, Manuel aprieta a fondo el gatillo nada más oír el pitido de comienzo. Unas balas infernales y velocísimas salen de aquel cañón. Puntuales y directas, se dirigen al cuerpo de Maghtaris, que empuña estúpidamente su espada para regodearse. Una sensación de regocijo me inunda. Observo cómo ese cuerpo de dos metros se convierte en muñeco de trapo tras dejar pasar a esas balas. Y el señor Cerro sonriendo levemente tras su brutal asesinato a sangre fría.

Y así, con tamaña velocidad, Manuel Cerro es declarado ganador, a pocos metros de un cuerpo inerte y tumbado en el suelo dejando un charco de sangre que la organización limpiará sin inmutarse. Se retira a aquellos infinitos e íntimos vestuarios, entre fanáticas del finado que están en plena acción: vivos chillidos con breve contenido: “¡Asesino!” y comida que se desperdicia en dirección a ese militar patrio.

Ya no veo ni un poro de la piel de Manuel, bien arraigado en el vestuario. Salgo del estadio tras una brevísima estancia y un tiempo malamente rentabilizado. 7 minutos a ojo de buen cubero por 35 euros de entrada en una grada decente y una cola de 5 horas y 38 minutos. Al menos me consuela saber que Maghtaris no volverá a pisar el vestuario. Pasará sus próximas horas entre bolsas de plástico negras para viajar gratis en un Mercedes modificado al inmenso cementerio local que poseemos.

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