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El balompié, nuevo elogio del salvajismo

octubre 2, 2009

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Opino que una amplísima generalidad de los futbolistas, salvo unas generosas excepciones que demuestran tener un racionio exageradamente superior al de la mayoría de los humanos, tienen una pobrísima mente, muy cercana a la del típico animal salvaje. Recibieron débiles duchas educativas en las tierras sin colonizar hasta que pusimos nuestros pies pero fue un poco tarde. Se imbuyeron muy poco del conocimiento elemental y de las estructuras educativas del Imperio Británico, conditio sine qua non para poder suspirar, respirar y aliviarse en este nuevo mundo de esparcimiento excesivamente intelectual. Ellos apenas lo saben. Pese a nuestros esfuerzos, creen que podrán engendrar un número de generaciones inconcebibles para nuestras mentes. Ya hemos visto sus tendencias a refocilarse con la destrucción de huesos ajenos -futbolistas inocentes y cultivados-, quizás en un intento por recordar a sus antepasados más lejanos e irracionales (verbigracia, el Australopithecus anamensis).

Correrían, en teoría, peligro de extinción, pero no va a pasar así. Tamaño panorama se debilita debido a las intensas presiones y radiaciones sociales que emitimos continuamente desde nuestro Glorioso Imperio cada uno de sus integrantes. Deberían darnos gracias por no rasgar sus camisetas cada dos por tres. Deberían recordarnos cada hora de sus tristes vidas. Drenthe. Wellington. Daniel Alves. Roy Keane. Pepe. Roberto Carlos. Bogarde. Todos ellos, apologistas del nuevo salvajismo humano. Que se metan voluntariamente en los alegres y floridos campos de reeducación que hemos edificado en Glasgow para poder reafirmar sus disminuidas condiciones humanas.

Mi condena más firme al mismísimo reglamento de la FIFA y a la estulticia. Mi propuesta más firme: un fútbol en donde circule solamente el balón o lo mismo, pero con filósofos sudando por primera vez.

Apócrifo de algún colonialista británico, fecha indeterminada. Se cree que operó en varios planos temporales.