Dermidos S.L., mi experiencia laboral.

Había decidido dejar en otro plano de la realidad mi natural escepticismo nada más despuntar el alba. Y aquel día, ¡justamente!, vagaba confiado por estas callejuelas de Dios. Elemento necesario para que unos niñatos vieran mi planta, vinieran a ofrecerme un papelote mal escrito (de total confianza, je): “KIERES TRABAGO GRATIZ???? BEN A DERMIDOS – FDO LOS DERMIDOS” y vencieran, consiguiendo que yo accediera a transformar insumos en resultados. Hacía de faux oficinista, ¡y hasta ellos me escoltaron, con recios andares, a la oficinita! Me encontraba en una estructura endeble de cartón, empapelada con cristales azulados de pega, y operaba con un IBM PC de 1981 desguazado. Tecleaba para nada, una nada que se traducía a resultados… digamos, visibles a cinco metros.

Vigilantes eran los jefazos de Dermidos, los mismos que me contrataron (en un alarde de originalidad, se llamaban Los Dermidos). Decidieron, aparentemente, rememorar lo que vieron en películas de egipcios. Y Carlo, el mayor de los Dermidos, me pegó fuerte y seco en la espalda con el látigo comunitario de la empresa. Sólo me dijo “¡Trabaja y siéntate!”. ¡Sólo por una nalga que estaba fuera de su sitio natural! Trabajaba mecánicamente, sin razonar. Picando como un tonto. Golpeando aquel teclado IBM. Fuerte. Suave. Con los pies. O la cabeza. Daba igual. Monitor hueco. No funcionaba. CPU aún más huera, tampoco pitaba. Pero ya no me golpeaban. Palmeaban por mi estulticia.

–A LA TARDE…

Oí una charla ultrasecreta en voz ultraelevada, ¡cómo largaban aquellos Dermidos sobre el percal…! Farsa, farsa. ¡Mi trabajo! ¡Arruinado! Nada me iban a pagar. Lo ESCUCHÉ. ¡Razoné! Corrí a una velocidad diabólica por la “puerta de emergencia”, un hueco mal recortado. Seguían parlamentando, ¡qué casualidad! ¡qué bendita casualidad que duraran tanto, hasta el momento en el que me traje a mi mercenario samurái, traído del Japón Feudal gracias a mi máquina del tiempo y a unos cuantos maravedíes de mentira que guardaba en mi choza! Yo chapurreaba japonés, el justo como para enviar al guerrero a matar a aquellos criajos dermidos. La oposición al látigo, que escasa guerra dio, era una poderosa katana, posiblemente forjada por un gran maestro de aquella época.

Más por machotes no dejaban de ser frágiles cuerpos humanos. Cayeron con suma facilidad (una docena de cortes intensos, nada más). Quizás habría que agregar que… murieron. Y la sede de Dermidos quedaba para el arrastre tras algún corte extra. Se iba a acabar aquel intento de barrio financiero en el solar más grande de mi barrio. Volví a casa. Envié cordialmente al samurái a su época. Y vi que debía remachar el verdadero trabajo: quemar aquella defectuosa sede que nunca se debió haber construido, ¡las simples bravuconadas de estudiantes que recolectaban “Suficientes” en Tecnología! Efectuado. Mucho calor me dio, quizás demasiado. Y escapé pronto. A la mañana siguiente, parecía tomar consciencia de su condición de fuego fatuo hasta que un simple camión de bomberos le hizo callar.

Bah, ellos me subestimaron. Jugaron con mis ilusiones. Que jueguen ahora en el Infierno.

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