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“Mi niñez”: Perorata de pega para no tentar a nadie.

marzo 26, 2010

Para nada es modélica, como presuponen (mal) muchos de mis amigos por mera educación y socialización. Nací ya moviéndome y lloriqueando, a la vez que Franco se moría. Tendría como cuatro mesecitos de vida cuando Arias dijo: “Españoles, Franco ha muerto”. Yo, impasible, estaría en mi cuna ¿durmiendo o lloriqueando? mientras había desacuerdo en mi familia. Unos de negro, otros con el champán. Mis padres eran del segundo grupo y así me he imbuido de democracia hasta entonces (¿vagas formas democráticas, relativas a la presente constitución? Sí, quizás no vieron más allá de España)

Un destacado acontecimiento de mi niñez, cuando estábamos en los albores de los 80 (creo que había un importante ruido de fondo, el Mundial de fútbol o algo así), relataré. ¡Es que me marcó tanto…!

Era un día de mayo. Yo pataleaba y no podía esperar a la llegada de la anunciada Abuela, un excedente de la época de Alfonso XIII (lamento decirlo así, pero bien muerta que está. Siempre fue militante de la ultraderecha conservadora y acabó en varios pueblos con el debate ideológico). Venía a comer con nosotros y a inspeccionar el estado hogareño.

Cedieron mis padres por una vez, quizás la complicidad, y me dejaron comer lo que quedaba de aquellas barritas “Findus” de pescado. Iba al cuarto a “jugar” y volvía, todo eso en bucle. Momento paternal en el cuarto. “Jo”, repliqué cuando me dijeron “Guarda eso, que viene la abuela”. Creo recordar que estaba disparando con dardos de plástico contra un retrato de Franco. Mi padre, rojo de toda la vida, me dijo hace tiempo: “Hijo, practica con esa foto que te da miedo. ¡Véncelo!”. Tenía razón, su visión divina y ese bigotito me asustaban… casi ni parecía humano.

Escondí mal, fue sólo la pistola. En el retrato de Franco quedaba un dardo clavado (¿o eran dos?). Fui a citarme con la abuela, que decía maquinalmente: “¡Bonito! ¡Te haces fuerte, no como tu papá…!”. Está claro que miraba con desagrado la rojería del padre (a su hija la disculpaba. La familia es la familia). Charla larga. Y sobrevino el momento fatal: “Nieto, enséñame tu cuarto”. Me costaba entender ciertas órdenes, por lo que la foto de Franco con el dardo clavado quedó a la vista del resto.

“¡Niño insolente y maldito! ¡Te desheredaré! ¡Te…!”, vociferó ella mientras inspeccionaba inquisitivamente el dardo clavado en un ojo de Franco. “¡Que con […] como tú España […]!”, vituperó. Rondaría ella la ochentena, pero el miedo no me lo quitaba nadie. Y más con dos elementos, mirada cabreada y orden. Me gritaba, a continuación, “¿a qué esperas para admirar al Gran Caudillo, el que dejó a España grande? ¡Hazlo!”. Y me puso, muy delante de mis narices, el retrato de Franco, ya sin dardo. Me tocaba mi pertinente alarido de espanto y paso atrás.

Llegaron mis padres y miran traicioneramente a la anciana gritando: “¡VIVA FRANCO, VIVA FRANCO!”. Inversión de papeles. Entendí que la autoridad paternal no funciona siempre y me escapé para mirar la escena desde unos metros. ¡Cómo gritaba mi madre! ¡Cómo…! Y el padre, consolándome. Creo que soltó: “Hijo, no te preocupes… Franco fue muy pero que muy malo para nosotros. Es hora de apoyar un mundo mejor. Ya verás…”.

Luego, el punto y aparte. Mis padres “echaron” a la abuela. “¿Quién iba a imaginar que tendría un nieto tan horrible…?”, ese último regüeldo de puertas para afuera citó mi madre para que lo escuchara a viva voz. Éramos españoles distintos en una época donde acabábamos de salir de aquel pozo de brea que era el fascismo a la hispánica.

Mencionando a Forges, ¡País!