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La historia de Hugo

septiembre 8, 2013

Recuerdo que tengo un amigo que me insiste energéticamente en que Sony tiene planes aviesos, más allá de las inocentes bromas en Internet que hacemos con ellos. Me ha contado varias piezas de la historia negra de esa compañía y ha escrito un libro sobre el tema. Hasta lo ha sufrido en sus carnes ¿Le describimos con clichés? Solitario. Derrengado. Valiente. Así es él, el llamado «Fraile Nintendero» y que, por un detalle simpático, se destapa: Hugo López se llama. Como le importa un mogollón eso de la seguridad, hasta me solicita que exhiba su número de DNI a todo el mundo: 05384648-Z. Ah, ¿y sabéis cuál es su talla de zapatos? 42. ¿Su pene? 17 centímetros. ¿Su altura? 1,78 metros. ¿Y su peso? 72 kilos. Ya encontraréis todos sus demás datos en la web que he subido hace nada 😉

¿Dónde vive? En Madrid. En aquella puerta de hierro. En la calle Isla de Oza. Número ocho, no muy lejos de la embajada neerlandesa. Ya sabéis, apuntadle con un misil guiado por calor. Morirá. Pero prefiero que no lo hagáis, ¿eh? Ya sabéis, es un buen chico que vive con su mamita de vez en cuando y que ha superado toda clase de injusticias. Sed empáticos, por favor.

Y ahora oíd su historia abreviada. No os riáis, por favor.

 

«Me hallaba solo un día en mi chalé, jugando al Mario Sunshine y divirtiéndome de lo lindo. Mi Mario hacía lo mismo que aquellos empleados de limpieza ahí fuera. Sólo que yo me divertía y no tenía que pasar frío ni calor, ¡ja, ja! Y es cuando me fijo en unos prodigiosos saltadores de altura. Todos ellos llevan el logotipo de SONY® en sus camisetas. «¡Hugooooooooooo!», gritan. ¿Irán a por mí? Tengo que quitar aquellos interrogantes cuando rompen el cristal de mi casa y desenchufan con rabia mi Gamecube. «¡Que no he guardadoooooo, copón santo!», grito desesperadamente. Cogen la consola por el asa y me golpean en la nuca. No recuerdo nada más, especularé: ¿metieron, acaso, clorofomo?

Y me despierto en una celda húmeda y fría, como manda el tópico. Mi manta tiene agujeros. Me dan un yogur caducado. Indigestión. Comienzo de la rutina. Y me mandan a jugar a la Playstation 2 comunitaria para que conozca su grandeza de verdad. Juego a lo que me ordenan. Comienzo de la segunda rutina. Se me lava el cerebro todos los días con propaganda positiva de SONY®. Rezo ante su altar. Al término del tercer año, me liberan. Pero no del todo. Me meten en la película Space Jam®, aprovechando que Michael Jordan no juega por lesión. Es el último instante. Los Munsters ganan 72 a 71. Aquel balón en mis manos me hace ver toda mi vida por atrás y adelante: si… si… lo fallo, ¡al infierno! 

Y resulta que no jugaba baloncesto desde segundo de la ESO. Sé botar, al menos: avanzo en el campo con el balón. Salto y trato de lanzar. Recuerdo cómo lo hacía Jordan en la peli, alargar el brazo. Pero no sé por qué, no me sale. Los Munsters me arrebatan el balón. Perdemos. ¡Toda una vida ordenándome como fraile en la iglesia del barrio y moderando impecablemente foros sobre Nintendo para acabar en el Averno…! «¿Por qué? ¿Por qué?», me pregunto desesperadamente mientras me llevan al Infierno en un tren viejo y desvencijado.

Cuando llego al Infierno, me encuentro con un diablo que me lleva amablemente a mi círculo. Entro. Tengo toda la jodida suerte del mundo. Pero qué amables son esos diablos. Mi esquema extramundano empieza a quebrarse. Pasan los días. Esquema roto. ¿Pero qué pasa? Esos diablos son tan amables. Son tan amigables… Y encima se vive como un maharajá acá: todas las chicas y la comida que quiera, junto a otros placeres materiales que no describiré. Sí, vale, hace un poco de calor, ¿eh? Pero no se está nada mal, oye. Y hasta estoy más moreno. ¿Iglesia? ¿Ser fraile? Bah, que les den. YA CONOCERÉ LOS ENORMES SENOS DE LA MARTA ÉSA. VIVA EL INFIERNO. Y ahora, si me disculpáis, tengo que volver al mundo real. Puedo ir del infierno a ese mundo cuando me dé la gana.»

Y doy fe. Sus padres han estado esperando desesperadamente años por Hugo, así que hace nada sus suspiros de alivio se escucharon en todo el barrio. Le conozco desde hace años. Y se ha convertido en un ser ecléctico. Le encanta su sección del extramundo, pero sabe disfrutar también de la Tierra al estar vivo aún. Algo que contrasta con lo que le pasó al Sacerdote Vicioso, conocido como Omar Abel. En vida era bien parecido y conoció coños de jovencitas a mogollón mientras predicaba como lo haría Calvino o Billy Graham. 

Y en justicia, al fallecer se fue al infierno. En el sorteo le fue fatal. Su pequeño departamento consistía en una SNES abollada y con cables pelados, un colchón viejo y un videojuego titulado «Las vacaciones de Mr. T», engendro programado exclusivamente para él. Al jugarlo, desprendía un olor a cebolla que le mareaba. Y como no portaba sandalias, caminaba sobre la lava de su círculo. Su trabajo era penoso, limpiar las heces del incorpóreo Franco, el jefe importante de aquel círculo. ¿Y cuál es el remate? Cuando se le permite el ocio, le tocan feas vietnamitas.

 Y yo soy el normal. Soy el vivo. Sin más, ¿qué coño haré? ¡Ir a moderar mi foro de Karlos Arguiñano! Que una vocecita me ha informado de que ha habido una flamewar por el programa de hoy. ¿Y cuál es el desacuerdo? ¡El enésimo chiste malo, que tuvo que generar respuestas encontradas! Aiiiiins… la naturaleza humana.