El manuscrito

En un cajón, olvidado del mundo, de todo pesar y alegría, unos folios se estaban deteriorando. Nadie reparaba en ellos, excepto el que les narra. Este narrador llegó a asaltar aquella casa, cometiendo un delito que no era tal en aquellos eones. La curiosidad era fortísima, había que saber qué poseía. En aquella habitación polvorienta, con puerta chirriante y abandonada de la mano de Dios, una que sin duda tendría una interesantísima historia personal, estaba el maldito cajón. Lo abrió, con algo de ruido. Pero no importaba. Atacaban los bárbaros. La ley. La propiedad privada. Todo, al garete.

El ruido era enmascarado por el de un mortero en pagos cercanos. Con un leve temblor, el Narrador inspeccionó. Sólo habían papeles. Se sentó en una incómoda silla y empezó a leer. Había un nexo. Había una historia. Había un sentido. Ahí había una posible novela, un bombazo. Para la quincuagésima página, ya le parecía la mejor que había leído nunca. Bajó por un instante. Vio. Leyó dificultosamente el buzón. Dedujo su nombre. Anotó. Salió, esquivando balas. Acabó en lo ignoto.

Eones más tarde, ya sin bárbaros, la obra sería traducida al vigésimo quinto idioma, reciclando los elogios del siempre. El provecto Narrador, a las puertas de la muerte, sonreía modestamente, como si no hiciera justicia con tal alhaja.

Sin embargo, en sus entrañas sabía muy bien lo que se había hecho.

Sonreía más.

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