Archive for the ‘Epopeyas y leyendas urbanas’ Category

La historia de Hugo

septiembre 8, 2013

Recuerdo que tengo un amigo que me insiste energéticamente en que Sony tiene planes aviesos, más allá de las inocentes bromas en Internet que hacemos con ellos. Me ha contado varias piezas de la historia negra de esa compañía y ha escrito un libro sobre el tema. Hasta lo ha sufrido en sus carnes ¿Le describimos con clichés? Solitario. Derrengado. Valiente. Así es él, el llamado «Fraile Nintendero» y que, por un detalle simpático, se destapa: Hugo López se llama. Como le importa un mogollón eso de la seguridad, hasta me solicita que exhiba su número de DNI a todo el mundo: 05384648-Z. Ah, ¿y sabéis cuál es su talla de zapatos? 42. ¿Su pene? 17 centímetros. ¿Su altura? 1,78 metros. ¿Y su peso? 72 kilos. Ya encontraréis todos sus demás datos en la web que he subido hace nada 😉

¿Dónde vive? En Madrid. En aquella puerta de hierro. En la calle Isla de Oza. Número ocho, no muy lejos de la embajada neerlandesa. Ya sabéis, apuntadle con un misil guiado por calor. Morirá. Pero prefiero que no lo hagáis, ¿eh? Ya sabéis, es un buen chico que vive con su mamita de vez en cuando y que ha superado toda clase de injusticias. Sed empáticos, por favor.

Y ahora oíd su historia abreviada. No os riáis, por favor.

 

«Me hallaba solo un día en mi chalé, jugando al Mario Sunshine y divirtiéndome de lo lindo. Mi Mario hacía lo mismo que aquellos empleados de limpieza ahí fuera. Sólo que yo me divertía y no tenía que pasar frío ni calor, ¡ja, ja! Y es cuando me fijo en unos prodigiosos saltadores de altura. Todos ellos llevan el logotipo de SONY® en sus camisetas. «¡Hugooooooooooo!», gritan. ¿Irán a por mí? Tengo que quitar aquellos interrogantes cuando rompen el cristal de mi casa y desenchufan con rabia mi Gamecube. «¡Que no he guardadoooooo, copón santo!», grito desesperadamente. Cogen la consola por el asa y me golpean en la nuca. No recuerdo nada más, especularé: ¿metieron, acaso, clorofomo?

Y me despierto en una celda húmeda y fría, como manda el tópico. Mi manta tiene agujeros. Me dan un yogur caducado. Indigestión. Comienzo de la rutina. Y me mandan a jugar a la Playstation 2 comunitaria para que conozca su grandeza de verdad. Juego a lo que me ordenan. Comienzo de la segunda rutina. Se me lava el cerebro todos los días con propaganda positiva de SONY®. Rezo ante su altar. Al término del tercer año, me liberan. Pero no del todo. Me meten en la película Space Jam®, aprovechando que Michael Jordan no juega por lesión. Es el último instante. Los Munsters ganan 72 a 71. Aquel balón en mis manos me hace ver toda mi vida por atrás y adelante: si… si… lo fallo, ¡al infierno! 

Y resulta que no jugaba baloncesto desde segundo de la ESO. Sé botar, al menos: avanzo en el campo con el balón. Salto y trato de lanzar. Recuerdo cómo lo hacía Jordan en la peli, alargar el brazo. Pero no sé por qué, no me sale. Los Munsters me arrebatan el balón. Perdemos. ¡Toda una vida ordenándome como fraile en la iglesia del barrio y moderando impecablemente foros sobre Nintendo para acabar en el Averno…! «¿Por qué? ¿Por qué?», me pregunto desesperadamente mientras me llevan al Infierno en un tren viejo y desvencijado.

Cuando llego al Infierno, me encuentro con un diablo que me lleva amablemente a mi círculo. Entro. Tengo toda la jodida suerte del mundo. Pero qué amables son esos diablos. Mi esquema extramundano empieza a quebrarse. Pasan los días. Esquema roto. ¿Pero qué pasa? Esos diablos son tan amables. Son tan amigables… Y encima se vive como un maharajá acá: todas las chicas y la comida que quiera, junto a otros placeres materiales que no describiré. Sí, vale, hace un poco de calor, ¿eh? Pero no se está nada mal, oye. Y hasta estoy más moreno. ¿Iglesia? ¿Ser fraile? Bah, que les den. YA CONOCERÉ LOS ENORMES SENOS DE LA MARTA ÉSA. VIVA EL INFIERNO. Y ahora, si me disculpáis, tengo que volver al mundo real. Puedo ir del infierno a ese mundo cuando me dé la gana.»

Y doy fe. Sus padres han estado esperando desesperadamente años por Hugo, así que hace nada sus suspiros de alivio se escucharon en todo el barrio. Le conozco desde hace años. Y se ha convertido en un ser ecléctico. Le encanta su sección del extramundo, pero sabe disfrutar también de la Tierra al estar vivo aún. Algo que contrasta con lo que le pasó al Sacerdote Vicioso, conocido como Omar Abel. En vida era bien parecido y conoció coños de jovencitas a mogollón mientras predicaba como lo haría Calvino o Billy Graham. 

Y en justicia, al fallecer se fue al infierno. En el sorteo le fue fatal. Su pequeño departamento consistía en una SNES abollada y con cables pelados, un colchón viejo y un videojuego titulado «Las vacaciones de Mr. T», engendro programado exclusivamente para él. Al jugarlo, desprendía un olor a cebolla que le mareaba. Y como no portaba sandalias, caminaba sobre la lava de su círculo. Su trabajo era penoso, limpiar las heces del incorpóreo Franco, el jefe importante de aquel círculo. ¿Y cuál es el remate? Cuando se le permite el ocio, le tocan feas vietnamitas.

 Y yo soy el normal. Soy el vivo. Sin más, ¿qué coño haré? ¡Ir a moderar mi foro de Karlos Arguiñano! Que una vocecita me ha informado de que ha habido una flamewar por el programa de hoy. ¿Y cuál es el desacuerdo? ¡El enésimo chiste malo, que tuvo que generar respuestas encontradas! Aiiiiins… la naturaleza humana.

“Mi niñez”: Perorata de pega para no tentar a nadie.

marzo 26, 2010

Para nada es modélica, como presuponen (mal) muchos de mis amigos por mera educación y socialización. Nací ya moviéndome y lloriqueando, a la vez que Franco se moría. Tendría como cuatro mesecitos de vida cuando Arias dijo: “Españoles, Franco ha muerto”. Yo, impasible, estaría en mi cuna ¿durmiendo o lloriqueando? mientras había desacuerdo en mi familia. Unos de negro, otros con el champán. Mis padres eran del segundo grupo y así me he imbuido de democracia hasta entonces (¿vagas formas democráticas, relativas a la presente constitución? Sí, quizás no vieron más allá de España)

Un destacado acontecimiento de mi niñez, cuando estábamos en los albores de los 80 (creo que había un importante ruido de fondo, el Mundial de fútbol o algo así), relataré. ¡Es que me marcó tanto…!

Era un día de mayo. Yo pataleaba y no podía esperar a la llegada de la anunciada Abuela, un excedente de la época de Alfonso XIII (lamento decirlo así, pero bien muerta que está. Siempre fue militante de la ultraderecha conservadora y acabó en varios pueblos con el debate ideológico). Venía a comer con nosotros y a inspeccionar el estado hogareño.

Cedieron mis padres por una vez, quizás la complicidad, y me dejaron comer lo que quedaba de aquellas barritas “Findus” de pescado. Iba al cuarto a “jugar” y volvía, todo eso en bucle. Momento paternal en el cuarto. “Jo”, repliqué cuando me dijeron “Guarda eso, que viene la abuela”. Creo recordar que estaba disparando con dardos de plástico contra un retrato de Franco. Mi padre, rojo de toda la vida, me dijo hace tiempo: “Hijo, practica con esa foto que te da miedo. ¡Véncelo!”. Tenía razón, su visión divina y ese bigotito me asustaban… casi ni parecía humano.

Escondí mal, fue sólo la pistola. En el retrato de Franco quedaba un dardo clavado (¿o eran dos?). Fui a citarme con la abuela, que decía maquinalmente: “¡Bonito! ¡Te haces fuerte, no como tu papá…!”. Está claro que miraba con desagrado la rojería del padre (a su hija la disculpaba. La familia es la familia). Charla larga. Y sobrevino el momento fatal: “Nieto, enséñame tu cuarto”. Me costaba entender ciertas órdenes, por lo que la foto de Franco con el dardo clavado quedó a la vista del resto.

“¡Niño insolente y maldito! ¡Te desheredaré! ¡Te…!”, vociferó ella mientras inspeccionaba inquisitivamente el dardo clavado en un ojo de Franco. “¡Que con […] como tú España […]!”, vituperó. Rondaría ella la ochentena, pero el miedo no me lo quitaba nadie. Y más con dos elementos, mirada cabreada y orden. Me gritaba, a continuación, “¿a qué esperas para admirar al Gran Caudillo, el que dejó a España grande? ¡Hazlo!”. Y me puso, muy delante de mis narices, el retrato de Franco, ya sin dardo. Me tocaba mi pertinente alarido de espanto y paso atrás.

Llegaron mis padres y miran traicioneramente a la anciana gritando: “¡VIVA FRANCO, VIVA FRANCO!”. Inversión de papeles. Entendí que la autoridad paternal no funciona siempre y me escapé para mirar la escena desde unos metros. ¡Cómo gritaba mi madre! ¡Cómo…! Y el padre, consolándome. Creo que soltó: “Hijo, no te preocupes… Franco fue muy pero que muy malo para nosotros. Es hora de apoyar un mundo mejor. Ya verás…”.

Luego, el punto y aparte. Mis padres “echaron” a la abuela. “¿Quién iba a imaginar que tendría un nieto tan horrible…?”, ese último regüeldo de puertas para afuera citó mi madre para que lo escuchara a viva voz. Éramos españoles distintos en una época donde acabábamos de salir de aquel pozo de brea que era el fascismo a la hispánica.

Mencionando a Forges, ¡País!

Eh, lo que queda de una cadena de emilios. ¿Te vienes?

enero 30, 2010

Cuenta una leyenda urbana mutante, cómo no, completamente accesible a tontos e ilusos de campeonato, que en cualquier punto de España toda limusina hace de taxi improvisado y gratuito por altruismo. En la parte trasera, donde se ubica el jacuzzi, el rico de turno se limpia concienzudamente y cierra paulatinamente sus párpados –esto no varía, sea cual sea la versión-. Todo plebeyo espera hundir su trasero en estos comodísimos asientos de cuero con tal de recibir el “jamón”, una metáfora claramente referente a los bellos muslos que adornan a esa hermosa doncella que, normalmente, viaja en el asiento delantero derecho contemplando todas las bellezas estropeadas de la ciudad y hablándonos de vez en cuando (según la versión, como señalaré más adelante).

Se duerme ya el rico, metido en agua caliente, relajante y espumosa. Y al plebeyo con barba desordenada, hatillo y mal aspecto general la virtuosa fémina le señala. Y unas frases muy eróticas jamás faltan. A partir de este punto debemos señalar discrepancias en las diversas versiones de esta leyenda urbana, destinada a aumentar crédulamente la vida sexual del país: en todo caso la limusina te deja donde quieres apearte, sólo que unos dicen que al bajarte, la doncella del coche no te hace nada, no obstante, una nutrida prole de hermosas damas espera a que comparezcas en la acera para que las acompañes a tu hogar –el mismo destino final que aparece en todas las variaciones-.

Otra versión, más profética: Observas en una cafetería a una bella mujer que te saluda sin más y te hace algunos cariñitos, entonces suele aparecer la limusina que te lleva a donde tu buena voluntad quiere –en este punto, la doncella que va dentro no nos hace nada-. Ya en tu destino, la misma dama aparece y quiere que la lleves a tu casa para una supuesta fiesta. Hay quien ha agrandado la bola de esta versión y hasta ha añadido amigas para mayor diversión autoengañadora… Ya se imaginan lo que viene luego.

Y a fecha de hoy parece ser que la imaginación humana para este caso está ligeramente atrofiada, pues no tengo constancia de más versiones. En todo caso, la vida sexual virtual ha aumentado exponencialmente en los últimos años y esto sólo es un ejemplo, como dice el refrán: de aquellos polvos, estos lodos. Y pronto esperaré ver en mi bandeja de entrada más leyendas urbanas, ¡cuántos crédulos me conocen, demonios!

¡Farsa de incendio!

diciembre 15, 2009

Poderosas llamas de cartón rugían impotentes, con una majestuosa mezcla de rojo y amarillo pintada por lo que pareciera ser un niño. Impotentes altavoces a toda potencia para redondear la metáfora. Roles sociales asignados y personas definidas: un noble CABALLERO de mostacho con mucho igual, embutido en levita, y una DAMA que había de adoptar un papel indefenso, la chillona silente vestida de blanco genérico.

CABALLERO: ¿Qué veo? Incendio en Getafe a 3 km., bella casa victoriana. ¡Gracias, guión!

DAMA SILENTE: […] / Pensando: ¡Ah, el guión! ¡Menos mal, ese impotente fuego me acosa! ¡Un noble caballero con “mostacho ordinario” me va a rescatar! /

CABALLERO: Corcel brioso, ¡acorta por nosotros y por el guión ese interminable sendero!

DAMA SILENTE: […] / Pensando: ¡El caballero llegará! ¡Me da miedo eso, que quema una barbaridad! /

Inminente coincidencia. El CABALLERO llega en un Seat Panda blanco con pegatinas de un caballo. Intenso alarido de la DAMA. Contempla el CABALLERO la “majestuosa casa victoriana”, una vivienda de protección oficial dominada por el cobrizo.

DAMA EN TRANSICIÓN: Lee el guión. ¡Y ahora es cuando gritooooooo, tíooooooos! ¡Yeeeeeeeeeeeah!

CABALLERO: ¿¡Tíoooooos!? ¡Ah, rudos! ¿A dónde vamos? Eso degenerará infinitamente, ¡vivan los hombres de las cavernas! ¡Arre, ascensor! Lee el guión. Tercera planta, desde luego. Espera. Toc, toc.

Un ligero portón de madera se abre. CABALLERO y DAMA interactúan en silencio. DAMA señala a las llamas. CABALLERO se acerca y saca su botella de agua. El fuego se ablanda. DAMA agradece.

CABALLERO: ¿Lo ves? No calientan. Según el guión, son de cartón. ¿Quién ha sido el desaprensivo?

DAMA: Yo… yo… Lee el guión. Se dibuja lágrimas con tinta china.

CABALLERO: Mujer, ¿conque querías que yo consumiera un poco más de combustible para aportar más dineros de los míos al Estado en forma de impuestos indirectos? ¡Pérfida! ¿No sabes que, según el guión, soy un liberal clásico?

DAMA: No te preocupes. Lee el guión. Aportaré mis dineros a una empresa privada para alquilar una grúa y contratar a un operario para manejarla y eso.

CABALLERO: No más. Me sé el guión. ¿Para que baje un gran corazón rosado de cartón-piedra mientras nos abrazamos con intensidad?

DAMA: Supongo…

Así, un salto en el tiempo sucedió. En medio de un solar estaban DAMA y CABALLERO acercándose. La empresa constructora pertinente, representada por TÍO EN CORBATA, toleraba tal día de jolgorio. Y qué alegría la obrera, ¡día excepcional de asueto!

TÍO EN CORBATA mima un fajo de billetes.

CABALLERO: Somos dos pers… oh, ah, oh, aireeee, oh, ah, ooooooh, aaaaaah, aaagh, oooooh, eeeeh, oooh…

DAMA: Caballero, ya es suficiente. Te he acosado con más o menos veinte besos seguidos, ¿verdad? Estate quieto, que te contaré lo que ha ocurrido con esto… Eh… ¿Eh?

CABALLERO DISTANTE QUE SE ALEJA: A la orden, señorita.

DAMA, VOCIFERANDO: ¡Paguééééééééé muchoooooo a eseeeeeee señoooooooor de negroooooooo! ¡PARA QUE NOS AMÁRAMOS POR POCO PRECIO Y SIN APORTAR AL ESTADOOOOOOOOOOOOO! ¡VUELVEEEEEEE!

CABALLERO PARÁNDOSE: ¿Sí, dama? ¡Por ti, por todos! ¡Me darééééé la vueltaaaa! Uno, dos, tres, cuatro, cinco,… cuento por ti los pasos del arrepentimiento sincero, esos pas…

DAMA ALEGRE: ¡Cállate! ¡Matémonos a besos y caricias ya! ¡Mira, la grúa ya viene de la nada con el corazoncito!

CABALLERO: Efuuugh, oh, aaaaaah, oooooh, queeeehh biieeeen, ooooooooh, aaaaah, eeeecks…

DAMA: Cuántos besos, ¿verdad? Mira, te dejaré descansar… que ya viene el corazoncito rosita de la grúa… Lee el guión. Pero estate preparado. ¡Que luego te aplasto de verdad a besos, eh!

TÍO EN CORBATA: ¡Qué felicidad, qué diabluras hacen nuestros efebos…! Pero, ay, todo tiene que tener un final feliz… Llamaré a los servicios… eh… sociales o algo así. Lee el guión. Ah, servicios teatrales.

Del bullicioso Norte, atronadora furgoneta llega. Ruidosos conductores que bajan un gran TELÓN RODANTE con estrépito y lo empujan.

TELÓN RODANTE cojea. Ha perdido una rueda mientras es empujado a la izquierda. Exhibe un mensaje a la vista de todo el mundo, tapando así la escena.

TELÓN RODANTE: Fin.

Dermidos S.L., mi experiencia laboral.

noviembre 15, 2009

Había decidido dejar en otro plano de la realidad mi natural escepticismo nada más despuntar el alba. Y aquel día, ¡justamente!, vagaba confiado por estas callejuelas de Dios. Elemento necesario para que unos niñatos vieran mi planta, vinieran a ofrecerme un papelote mal escrito (de total confianza, je): “KIERES TRABAGO GRATIZ???? BEN A DERMIDOS – FDO LOS DERMIDOS” y vencieran, consiguiendo que yo accediera a transformar insumos en resultados. Hacía de faux oficinista, ¡y hasta ellos me escoltaron, con recios andares, a la oficinita! Me encontraba en una estructura endeble de cartón, empapelada con cristales azulados de pega, y operaba con un IBM PC de 1981 desguazado. Tecleaba para nada, una nada que se traducía a resultados… digamos, visibles a cinco metros.

Vigilantes eran los jefazos de Dermidos, los mismos que me contrataron (en un alarde de originalidad, se llamaban Los Dermidos). Decidieron, aparentemente, rememorar lo que vieron en películas de egipcios. Y Carlo, el mayor de los Dermidos, me pegó fuerte y seco en la espalda con el látigo comunitario de la empresa. Sólo me dijo “¡Trabaja y siéntate!”. ¡Sólo por una nalga que estaba fuera de su sitio natural! Trabajaba mecánicamente, sin razonar. Picando como un tonto. Golpeando aquel teclado IBM. Fuerte. Suave. Con los pies. O la cabeza. Daba igual. Monitor hueco. No funcionaba. CPU aún más huera, tampoco pitaba. Pero ya no me golpeaban. Palmeaban por mi estulticia.

–A LA TARDE…

Oí una charla ultrasecreta en voz ultraelevada, ¡cómo largaban aquellos Dermidos sobre el percal…! Farsa, farsa. ¡Mi trabajo! ¡Arruinado! Nada me iban a pagar. Lo ESCUCHÉ. ¡Razoné! Corrí a una velocidad diabólica por la “puerta de emergencia”, un hueco mal recortado. Seguían parlamentando, ¡qué casualidad! ¡qué bendita casualidad que duraran tanto, hasta el momento en el que me traje a mi mercenario samurái, traído del Japón Feudal gracias a mi máquina del tiempo y a unos cuantos maravedíes de mentira que guardaba en mi choza! Yo chapurreaba japonés, el justo como para enviar al guerrero a matar a aquellos criajos dermidos. La oposición al látigo, que escasa guerra dio, era una poderosa katana, posiblemente forjada por un gran maestro de aquella época.

Más por machotes no dejaban de ser frágiles cuerpos humanos. Cayeron con suma facilidad (una docena de cortes intensos, nada más). Quizás habría que agregar que… murieron. Y la sede de Dermidos quedaba para el arrastre tras algún corte extra. Se iba a acabar aquel intento de barrio financiero en el solar más grande de mi barrio. Volví a casa. Envié cordialmente al samurái a su época. Y vi que debía remachar el verdadero trabajo: quemar aquella defectuosa sede que nunca se debió haber construido, ¡las simples bravuconadas de estudiantes que recolectaban “Suficientes” en Tecnología! Efectuado. Mucho calor me dio, quizás demasiado. Y escapé pronto. A la mañana siguiente, parecía tomar consciencia de su condición de fuego fatuo hasta que un simple camión de bomberos le hizo callar.

Bah, ellos me subestimaron. Jugaron con mis ilusiones. Que jueguen ahora en el Infierno.

Popularidad al hoyo, modestia para la victoria.

febrero 5, 2009

Observo, consternado, un espectáculo en el Palacio de los Deportes, en Madrid. Son los octavos del campeonato mundial de lucha. En una esquina, la roja, está un hombre de preciosa tez, un cuerpo inimaginable en el triste mundo real, con unas manos acreedoras de un mandoble tremendo de hoja opípara, un peinado técnicamente imposible en muchas partes del planeta, perfectamente rubio, y unos penetrantes ojos azules. En las gradas vecinas veo a muchas causantes de mi congoja. Jovencitas de quince años alocadas que no paran de gritar y de aprovechar sus hormonas por ese hombrecito, de nombre Maghtaris, que me suena de algún videojuego ignoto de salvar al mundo y demás bla-bla.

No obstante, la otra esquina me ofrece alegría. Somos pocos pero cuerdos los animadores del otro combatiente, Manuel Cerro, un viejo compañero mío en el ejército español y enorme militar. Con ropa sencilla, una cara ordinaria, sin ese papel de favoritismo que se adjudica según popularismo, y equipado con una CETME de modelo C, coloca correctamente sus pies en la azulada esquina y espera impacientemente una señal del árbitro.

Así pues, el combate empieza y termina. Mientras tanto, sólo he podido llevarme cinco patatas a la boca de esa bolsa pequeña y carísima. Con celeridad y extrema disciplina militar, Manuel aprieta a fondo el gatillo nada más oír el pitido de comienzo. Unas balas infernales y velocísimas salen de aquel cañón. Puntuales y directas, se dirigen al cuerpo de Maghtaris, que empuña estúpidamente su espada para regodearse. Una sensación de regocijo me inunda. Observo cómo ese cuerpo de dos metros se convierte en muñeco de trapo tras dejar pasar a esas balas. Y el señor Cerro sonriendo levemente tras su brutal asesinato a sangre fría.

Y así, con tamaña velocidad, Manuel Cerro es declarado ganador, a pocos metros de un cuerpo inerte y tumbado en el suelo dejando un charco de sangre que la organización limpiará sin inmutarse. Se retira a aquellos infinitos e íntimos vestuarios, entre fanáticas del finado que están en plena acción: vivos chillidos con breve contenido: “¡Asesino!” y comida que se desperdicia en dirección a ese militar patrio.

Ya no veo ni un poro de la piel de Manuel, bien arraigado en el vestuario. Salgo del estadio tras una brevísima estancia y un tiempo malamente rentabilizado. 7 minutos a ojo de buen cubero por 35 euros de entrada en una grada decente y una cola de 5 horas y 38 minutos. Al menos me consuela saber que Maghtaris no volverá a pisar el vestuario. Pasará sus próximas horas entre bolsas de plástico negras para viajar gratis en un Mercedes modificado al inmenso cementerio local que poseemos.

Españeando – Cruel documental sobre nuestro país. Capítulo 23, el funcionariado.

enero 16, 2009

Un hombre-palo gigantesco, nuevo funcionario estatal, está derribando un hotel ilegal situado en un acantilado de las Palmas de Gran Canaria. Extiende su pierna y con un golpe invisible arranca de cuajo bastantes plantas del hotel. Gran parte de sus huéspedes gritan al unísono “Aaaaaaaaaaaaaaaaah”. Posteriormente, el silencio y un edificio que sólo tiene sus tres primeros pisos en perfecto estado. Recepción, Los Otros, unos huéspedes sueltos, y turistas ex-inocentes huyendo sin saber a dónde ir.

En los bajos del acantilado, unos peñascos ordinarios, escombros del objetivo de ese hombre-palo gigantesco y cadáveres sueltos. Teñido de rojo por un momento. Hasta que las olas, con su infinita paciencia, disuelven esa sangre humana débil y excesivamente temporal. El escenario en donde ha tenido que actuar ese funcionario, asignado a misiones canarias, no es tan precioso como lo podríamos imaginar, es pobre. Sólo hay cielo blanco. Y subsuelo también blanco. El lugar está mal definido, sólo encontramos líneas flacas -como un intento poco creíble de imitar un acantilado o un motivo ondulado que supuestamente representa el mar-.

Es, sin duda, una escena habitual en España desde el año 2021. Es la mejor solución que ha encontrado el Gobierno para hacer cumplir la ley de Costas, que estaba bajo unos interminables cajones recolectando su cuota gratuita de polvo mientras se apoyaba la idea monótona del “especula-especula” y el voraz ladrillo colonizaba todo tipo de tierras. Tras una tormenta de ideas, debate incluido, se decantó por la opción de crear hombres-palo descomunales -50 a 60 metros de altura- y con dos frases que soltar*. Y se consideró que serían funcionarios del Estado con sus derechos, como horario de las 8 de la mañana a las 3 de la tarde y derecho a baja. ¿Y qué hay de la fabricación de estos señores? Se fabrican en la periferia de Zaragoza, en una nave industrial. Se transportan adecuadamente en un camión especial a los distintos puntos del país. En el caso canario, en barco.

* En las especificaciones sobre esos gigantes dice que deberán soltar dos frases según el momento. La primera, un “¡Yo romper malo!” cuando destruye el hotel ilegal de turno. La otra, “Estado, estado. Yo ser bueno”, cuando quiere decir al Estado que ha terminado con su trabajo.


Nos alejamos un poco. Vemos un tablero de corcho con una serie de dibujos surrealistas. Y giramos la cabeza. Estamos en la oficina de un funcionario del Ministerio de Defensa que ha deleitado a nuestros oídos con fantasías oníricas sobre el futuro de España además de escenificar cuidadosamente sus ilusiones a golpe de lápiz aprovechando ese bloque de papeles que tiene sobre la mesa, aparte de malgastar chinchetas. Comprobamos por última vez la oficina. Y salimos a la calle tras pasar por rutinarios pasillos y escaleras. Año 2009. Camiones de mudanza vulgares. Peatones que no saludan. Vida urbana a la española. Ni rastro de gigantismo. Amigos, esto es la maldita realidad de España.

Escenas del Neoposmodernismo: La misma cruenta matanza.

noviembre 21, 2008

Aquel individuo relativo, ataviado con una sotana a la cual se han incorporado variados emblemas en favor de la legalización de la dinamita y con un collar de brujo místico de alguna sociedad lejana -tenía el torso descubierto, sin camisas ni camisetas-, quería asesinar a la Virgen de Bautista brutalmente dando mucho más que dos pasos y exhibiendo parte de su brazo ante dicha futura víctima, nunca aterida de miedo en todo momento… eso era su ensoñación, camuflada como planificación rigurosa, basada en los preceptos del hiperrealismo que tenía retenidos en su acertado cerebro.

Realidad relativa, con la misma vestimenta. La escena el jueves noche era ridícula. Una cabaña vacía y completamente abandonada abierta de noche, un muchacho dando pasos atropelladamente y un brazo extendido que decidió actuar contra una figura bajita de la Virgen de Sucre, presente y de madera. El arma del crimen, un cuchillo con un filo realizado a base de semillas de sésamo pegadas. Aquel día, el dueño de dicha cabaña siguió soñando en el aire, el filo del cuchillo se rompió y la figura, a priori víctima criminal, sólo se movió 2 centímetros.

Dicho muchacho se marchó del lugar dando pasos atrás y sin dejar de repetir “¡todo es relativo!” para caerse hacia abajo en el pozo abandonado y con poca agua, momento en donde un buen y repetitivo protagonista de historias épicas debía ser devuelto a la realidad.

Caída de un coloso.

octubre 18, 2008

Si mi cordura no me falla, en aquel momento presenciaba un bello atardecer sin lluvias de fuego; todo era normal y mis posaderas estaban reposando en la enésima colina tranquila con verdor incluido, salvo por unos molestos pisotones rutinarios que se oían desde una gran distancia. A lo lejos, observaba una aldea débilmente amurallada y montones de sombras humanas algo veloces que yo veía como pequeñas hormigas con los brazos en alto. Huían de una amenaza que aparecía ante mis ojos con sólo girar un poco mi cabeza a la derecha.

Era un coloso, que a lo lejos, no parecía tan grande. Moviendo a duras penas la cabeza y con unas manchas marrones por algunas partes de su cuerpo, el monstruo contemplaba la pequeña aldea. En aquel momento intuí, como así lo confirmaron los relatos sobre el Coloso Mecánico que leí posteriormente, que estaba obedeciendo a unas órdenes preestablecidas ante ciertas reacciones. Tomó la aldea como enemiga y, poco después, la bestia gritó de manera estentórea y con una clara intención amedrentadora.

La reacción no podía quedarse así. También incluía dar un paso, cosa fácil para un individuo sin nombre que campeaba por el mundo como yo pero difícil para un monstruo de muchas toneladas. Le vi levantar una pierna de manera muy forzada, mientras seguía con sus gritos llenos de fuerza y rabia. De repente, se le cayó una pieza negra desde su rodilla. En este preciso instante, observé en directo su más cruel caída tras aterrizar su pie derecho en la hierba, cuando el apoyo le falló y perdió el equilibrio. Un enorme ruido seco y una posterior estampa nueva del cielo, con pájaros volando a todas direcciones sin orden ni concierto fue lo que ocurrió, simplemente.

Para entonces ya no notaba presencia de personas en la aldea ni en los alrededores. Tumbado en el suelo, a pocos metros de la aldea, el coloso caído seguía gritando sin parar. “Una zona silenciosa menos”, pensé mientras me marchaba a otro sitio para ver más miserias de la Era Mecánica en nuestro mundo.

El señor que reunía a las cucarachas ante su televisor para hacer felices a los niños de la ciudad estándar #483.

octubre 14, 2008

1. En una complicada operación de limpieza del armario tras años recibiendo con alegría a toda clase de inmundicia, el señor mayor de 38 años halló muchos ejemplares de cucaracha europea. Entonces el corazón del hombre se volvió muy tierno y adquirió una deuda con la moral.

Y él, tan bueno que era, ayudó a su moral. Las reunió ante el televisor, que emitía una serie de dibujos animados de Pacman y su horrenda música realizada a base de cucharas pegándose con latas. Los animalitos negros contemplaban con indiferencia esa pantalla brillante y ruidosa. Inmediatamente se movieron de su sitio y corretearon por donde les daba la gana, provocando el caos y el desconcierto lógico.

2. -¡Guau! ¡Lápices de colores! -dijo Juan muy pensativo-.
-¡Una pelota! -dijo María frunciendo fuertemente el ceño-.

Un diálogo entre dos niños, con elevados indicios de sabiduría, y sin que se miren a las caras. Toda una novedad. Están jugando en la arena, contemplando con total felicidad sus nuevos enseres que les aportarán interminables momentos de diversión.

Más niños en la arena. No paran de juguetear, se contactan y entonces surge la tormenta de ideas en pos de una diversión más activa…

-¿A qué no me pillas?
-¡Ja, ja, ja!
-¡Eres lento!
-¡Te chinchas!

Y así se forma una mañana muy feliz en el muy tranquilo parque de un barrio tópico.