Archive for the ‘Historias famélicas’ Category

“Mi niñez”: Perorata de pega para no tentar a nadie.

marzo 26, 2010

Para nada es modélica, como presuponen (mal) muchos de mis amigos por mera educación y socialización. Nací ya moviéndome y lloriqueando, a la vez que Franco se moría. Tendría como cuatro mesecitos de vida cuando Arias dijo: “Españoles, Franco ha muerto”. Yo, impasible, estaría en mi cuna ¿durmiendo o lloriqueando? mientras había desacuerdo en mi familia. Unos de negro, otros con el champán. Mis padres eran del segundo grupo y así me he imbuido de democracia hasta entonces (¿vagas formas democráticas, relativas a la presente constitución? Sí, quizás no vieron más allá de España)

Un destacado acontecimiento de mi niñez, cuando estábamos en los albores de los 80 (creo que había un importante ruido de fondo, el Mundial de fútbol o algo así), relataré. ¡Es que me marcó tanto…!

Era un día de mayo. Yo pataleaba y no podía esperar a la llegada de la anunciada Abuela, un excedente de la época de Alfonso XIII (lamento decirlo así, pero bien muerta que está. Siempre fue militante de la ultraderecha conservadora y acabó en varios pueblos con el debate ideológico). Venía a comer con nosotros y a inspeccionar el estado hogareño.

Cedieron mis padres por una vez, quizás la complicidad, y me dejaron comer lo que quedaba de aquellas barritas “Findus” de pescado. Iba al cuarto a “jugar” y volvía, todo eso en bucle. Momento paternal en el cuarto. “Jo”, repliqué cuando me dijeron “Guarda eso, que viene la abuela”. Creo recordar que estaba disparando con dardos de plástico contra un retrato de Franco. Mi padre, rojo de toda la vida, me dijo hace tiempo: “Hijo, practica con esa foto que te da miedo. ¡Véncelo!”. Tenía razón, su visión divina y ese bigotito me asustaban… casi ni parecía humano.

Escondí mal, fue sólo la pistola. En el retrato de Franco quedaba un dardo clavado (¿o eran dos?). Fui a citarme con la abuela, que decía maquinalmente: “¡Bonito! ¡Te haces fuerte, no como tu papá…!”. Está claro que miraba con desagrado la rojería del padre (a su hija la disculpaba. La familia es la familia). Charla larga. Y sobrevino el momento fatal: “Nieto, enséñame tu cuarto”. Me costaba entender ciertas órdenes, por lo que la foto de Franco con el dardo clavado quedó a la vista del resto.

“¡Niño insolente y maldito! ¡Te desheredaré! ¡Te…!”, vociferó ella mientras inspeccionaba inquisitivamente el dardo clavado en un ojo de Franco. “¡Que con […] como tú España […]!”, vituperó. Rondaría ella la ochentena, pero el miedo no me lo quitaba nadie. Y más con dos elementos, mirada cabreada y orden. Me gritaba, a continuación, “¿a qué esperas para admirar al Gran Caudillo, el que dejó a España grande? ¡Hazlo!”. Y me puso, muy delante de mis narices, el retrato de Franco, ya sin dardo. Me tocaba mi pertinente alarido de espanto y paso atrás.

Llegaron mis padres y miran traicioneramente a la anciana gritando: “¡VIVA FRANCO, VIVA FRANCO!”. Inversión de papeles. Entendí que la autoridad paternal no funciona siempre y me escapé para mirar la escena desde unos metros. ¡Cómo gritaba mi madre! ¡Cómo…! Y el padre, consolándome. Creo que soltó: “Hijo, no te preocupes… Franco fue muy pero que muy malo para nosotros. Es hora de apoyar un mundo mejor. Ya verás…”.

Luego, el punto y aparte. Mis padres “echaron” a la abuela. “¿Quién iba a imaginar que tendría un nieto tan horrible…?”, ese último regüeldo de puertas para afuera citó mi madre para que lo escuchara a viva voz. Éramos españoles distintos en una época donde acabábamos de salir de aquel pozo de brea que era el fascismo a la hispánica.

Mencionando a Forges, ¡País!

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¡Farsa de incendio!

diciembre 15, 2009

Poderosas llamas de cartón rugían impotentes, con una majestuosa mezcla de rojo y amarillo pintada por lo que pareciera ser un niño. Impotentes altavoces a toda potencia para redondear la metáfora. Roles sociales asignados y personas definidas: un noble CABALLERO de mostacho con mucho igual, embutido en levita, y una DAMA que había de adoptar un papel indefenso, la chillona silente vestida de blanco genérico.

CABALLERO: ¿Qué veo? Incendio en Getafe a 3 km., bella casa victoriana. ¡Gracias, guión!

DAMA SILENTE: […] / Pensando: ¡Ah, el guión! ¡Menos mal, ese impotente fuego me acosa! ¡Un noble caballero con “mostacho ordinario” me va a rescatar! /

CABALLERO: Corcel brioso, ¡acorta por nosotros y por el guión ese interminable sendero!

DAMA SILENTE: […] / Pensando: ¡El caballero llegará! ¡Me da miedo eso, que quema una barbaridad! /

Inminente coincidencia. El CABALLERO llega en un Seat Panda blanco con pegatinas de un caballo. Intenso alarido de la DAMA. Contempla el CABALLERO la “majestuosa casa victoriana”, una vivienda de protección oficial dominada por el cobrizo.

DAMA EN TRANSICIÓN: Lee el guión. ¡Y ahora es cuando gritooooooo, tíooooooos! ¡Yeeeeeeeeeeeah!

CABALLERO: ¿¡Tíoooooos!? ¡Ah, rudos! ¿A dónde vamos? Eso degenerará infinitamente, ¡vivan los hombres de las cavernas! ¡Arre, ascensor! Lee el guión. Tercera planta, desde luego. Espera. Toc, toc.

Un ligero portón de madera se abre. CABALLERO y DAMA interactúan en silencio. DAMA señala a las llamas. CABALLERO se acerca y saca su botella de agua. El fuego se ablanda. DAMA agradece.

CABALLERO: ¿Lo ves? No calientan. Según el guión, son de cartón. ¿Quién ha sido el desaprensivo?

DAMA: Yo… yo… Lee el guión. Se dibuja lágrimas con tinta china.

CABALLERO: Mujer, ¿conque querías que yo consumiera un poco más de combustible para aportar más dineros de los míos al Estado en forma de impuestos indirectos? ¡Pérfida! ¿No sabes que, según el guión, soy un liberal clásico?

DAMA: No te preocupes. Lee el guión. Aportaré mis dineros a una empresa privada para alquilar una grúa y contratar a un operario para manejarla y eso.

CABALLERO: No más. Me sé el guión. ¿Para que baje un gran corazón rosado de cartón-piedra mientras nos abrazamos con intensidad?

DAMA: Supongo…

Así, un salto en el tiempo sucedió. En medio de un solar estaban DAMA y CABALLERO acercándose. La empresa constructora pertinente, representada por TÍO EN CORBATA, toleraba tal día de jolgorio. Y qué alegría la obrera, ¡día excepcional de asueto!

TÍO EN CORBATA mima un fajo de billetes.

CABALLERO: Somos dos pers… oh, ah, oh, aireeee, oh, ah, ooooooh, aaaaaah, aaagh, oooooh, eeeeh, oooh…

DAMA: Caballero, ya es suficiente. Te he acosado con más o menos veinte besos seguidos, ¿verdad? Estate quieto, que te contaré lo que ha ocurrido con esto… Eh… ¿Eh?

CABALLERO DISTANTE QUE SE ALEJA: A la orden, señorita.

DAMA, VOCIFERANDO: ¡Paguééééééééé muchoooooo a eseeeeeee señoooooooor de negroooooooo! ¡PARA QUE NOS AMÁRAMOS POR POCO PRECIO Y SIN APORTAR AL ESTADOOOOOOOOOOOOO! ¡VUELVEEEEEEE!

CABALLERO PARÁNDOSE: ¿Sí, dama? ¡Por ti, por todos! ¡Me darééééé la vueltaaaa! Uno, dos, tres, cuatro, cinco,… cuento por ti los pasos del arrepentimiento sincero, esos pas…

DAMA ALEGRE: ¡Cállate! ¡Matémonos a besos y caricias ya! ¡Mira, la grúa ya viene de la nada con el corazoncito!

CABALLERO: Efuuugh, oh, aaaaaah, oooooh, queeeehh biieeeen, ooooooooh, aaaaah, eeeecks…

DAMA: Cuántos besos, ¿verdad? Mira, te dejaré descansar… que ya viene el corazoncito rosita de la grúa… Lee el guión. Pero estate preparado. ¡Que luego te aplasto de verdad a besos, eh!

TÍO EN CORBATA: ¡Qué felicidad, qué diabluras hacen nuestros efebos…! Pero, ay, todo tiene que tener un final feliz… Llamaré a los servicios… eh… sociales o algo así. Lee el guión. Ah, servicios teatrales.

Del bullicioso Norte, atronadora furgoneta llega. Ruidosos conductores que bajan un gran TELÓN RODANTE con estrépito y lo empujan.

TELÓN RODANTE cojea. Ha perdido una rueda mientras es empujado a la izquierda. Exhibe un mensaje a la vista de todo el mundo, tapando así la escena.

TELÓN RODANTE: Fin.

Dermidos S.L., mi experiencia laboral.

noviembre 15, 2009

Había decidido dejar en otro plano de la realidad mi natural escepticismo nada más despuntar el alba. Y aquel día, ¡justamente!, vagaba confiado por estas callejuelas de Dios. Elemento necesario para que unos niñatos vieran mi planta, vinieran a ofrecerme un papelote mal escrito (de total confianza, je): “KIERES TRABAGO GRATIZ???? BEN A DERMIDOS – FDO LOS DERMIDOS” y vencieran, consiguiendo que yo accediera a transformar insumos en resultados. Hacía de faux oficinista, ¡y hasta ellos me escoltaron, con recios andares, a la oficinita! Me encontraba en una estructura endeble de cartón, empapelada con cristales azulados de pega, y operaba con un IBM PC de 1981 desguazado. Tecleaba para nada, una nada que se traducía a resultados… digamos, visibles a cinco metros.

Vigilantes eran los jefazos de Dermidos, los mismos que me contrataron (en un alarde de originalidad, se llamaban Los Dermidos). Decidieron, aparentemente, rememorar lo que vieron en películas de egipcios. Y Carlo, el mayor de los Dermidos, me pegó fuerte y seco en la espalda con el látigo comunitario de la empresa. Sólo me dijo “¡Trabaja y siéntate!”. ¡Sólo por una nalga que estaba fuera de su sitio natural! Trabajaba mecánicamente, sin razonar. Picando como un tonto. Golpeando aquel teclado IBM. Fuerte. Suave. Con los pies. O la cabeza. Daba igual. Monitor hueco. No funcionaba. CPU aún más huera, tampoco pitaba. Pero ya no me golpeaban. Palmeaban por mi estulticia.

–A LA TARDE…

Oí una charla ultrasecreta en voz ultraelevada, ¡cómo largaban aquellos Dermidos sobre el percal…! Farsa, farsa. ¡Mi trabajo! ¡Arruinado! Nada me iban a pagar. Lo ESCUCHÉ. ¡Razoné! Corrí a una velocidad diabólica por la “puerta de emergencia”, un hueco mal recortado. Seguían parlamentando, ¡qué casualidad! ¡qué bendita casualidad que duraran tanto, hasta el momento en el que me traje a mi mercenario samurái, traído del Japón Feudal gracias a mi máquina del tiempo y a unos cuantos maravedíes de mentira que guardaba en mi choza! Yo chapurreaba japonés, el justo como para enviar al guerrero a matar a aquellos criajos dermidos. La oposición al látigo, que escasa guerra dio, era una poderosa katana, posiblemente forjada por un gran maestro de aquella época.

Más por machotes no dejaban de ser frágiles cuerpos humanos. Cayeron con suma facilidad (una docena de cortes intensos, nada más). Quizás habría que agregar que… murieron. Y la sede de Dermidos quedaba para el arrastre tras algún corte extra. Se iba a acabar aquel intento de barrio financiero en el solar más grande de mi barrio. Volví a casa. Envié cordialmente al samurái a su época. Y vi que debía remachar el verdadero trabajo: quemar aquella defectuosa sede que nunca se debió haber construido, ¡las simples bravuconadas de estudiantes que recolectaban “Suficientes” en Tecnología! Efectuado. Mucho calor me dio, quizás demasiado. Y escapé pronto. A la mañana siguiente, parecía tomar consciencia de su condición de fuego fatuo hasta que un simple camión de bomberos le hizo callar.

Bah, ellos me subestimaron. Jugaron con mis ilusiones. Que jueguen ahora en el Infierno.

Fusilamiento teatral.

abril 11, 2009

Y detrás del telón rojo, un fusilamiento de los buenos… Se oye el disparo sincero del Teniente Antonio Coronel. Cae mal bicho… Sangre es real y tan roja como sus repelentes ideas… Ese chico, llamado Juan Valerio, ha dejado de latir… Se abre el telón. Tal escena ha ocurrido, es real… Pedimos aplausos, espectadores… ¡Con qué intensidad, del primer al último asiento, baten las palmas estos bellos, castos y muy españoles mozos! …Les doy las gracias, me despido…

Transcripción inconexa y confusa de un comentarista del Teatro Real de Castellón, en 1941, cuando se permitían las ejecuciones públicas más inverosímiles en la gris España de Franco.

Pensamientos interiores ante un cartucho de nada.

febrero 21, 2009

Ante un mancillado escaparate de una tienda de segunda mano repleto de videojuegos andrajosos, ¿qué podía hacer? Salivaba, perdiéndose la baba a lo largo y ancho de mi barba. ¿Qué diablos hacía? Simplemente admiraba un cartucho negro para la Game Boy Color compatible con viejos modelos de ese trasto de Nintendo. Sus clásicos relieves, los presentes en todo cartucho de ese tipo, no me amaban. Mire más abajo y entonces fue cuando empecé a derramar saliva por mis labios para caer en el infinito de la barbilla; ¡sí me amaban! Su pegatina, tan genérica ella, decía “Barbie: Aventura Submarina”, con una imagen borrosa en primer plano que mostraba a Barbie-Difusa en miniatura. Valía tres euros de nada, pero… ¡ay de mí! En mis bolsillos el vacío absoluto sólo conocía. Salí con congoja y un alma en pena. No iba a poder gozar de esos niveles de agua con los que jamás gozaba en videojuego alguno.

Ser rico en cinco segundos…

enero 22, 2009

Un hombre de 33 años. Despistado. Con las manos cerca del trasero y de pie contemplando de reojo ese programa para ser rico que luchaba contra 96 programas similares en la televisión nacional por su trocito de la tarta del público. Del infernal altavoz estropeado de ese dichoso televisor salió un mensaje entre sonidos metálicos: “¡USTED PUEDE SER RICO!”. El humano, en su más elevada ingenuidad, se dio la vuelta y pisó sin querer ni mirar una pelota de goma que descansaba en el suelo. No se dio cuenta, estaba centrado en una ausente montaña de dinero que aparecía en el sofá, según la atenta visión de su cerebro. Se lanzó al mullido mueble y jugó con el simpático aire. A continuación, se pudo observar cómo no se preocupaba por esos billetes que, en teoría, habían volado para colarse por esos recónditos sitios. Y se durmió sin más. Eran las tres de la madrugada.

Bailando sin ecuaciones…

enero 7, 2009

Relato una historia cruel y ficticia sobre mi periplo por la secundaria española:
Era un tórrido día de junio, el anhelo de fiesta y ese sentimiento de frustración se mascaban en el ambiente a partes iguales. Las féminas, ya fueran agraciadas o no, enseñaban sus tops con escote incluido. Nosotros seguíamos siendo los 30 individuos empaquetados y listos para cumplir con ese servicio militar obligatorio que era la ESO. Era día de remachar los últimos detalles del último curso y de decidir quién iba al microinfierno de septiembre.

Empezaba la plomiza última hora, con un examen atípico. Todos estábamos sentados en nuestros sitios, salvo algún que otro compañero viciado a las revistas de tuning ésas de los huevos. Yo, el desgraciado de la primera fila, tenía que soportar una visión que me acompañaría por el resto del día. Al menos tenía un compañero parlante a mi lado que vivía. Con breves comentarios podía capear el aburrimiento.

El sudor corría por mi frente; estaba muy mal mentalmente, llevaba pocas horas de sueño a mis espaldas y delante tenía a una cara sobradamente conocida. Mi tediosa, opinión que secundaba la totalidad de la clase, profesora de matemáticas. Con voz de desgana, cuando todos los pollitos del lugar estábamos en nuestros sitios, nos dijo que el examen consistía en bailar individualmente delante de ella. Si lo hacía bien según su criterio, aprobaría. Se generaron automáticamente caras de asombro y charlas en “privado” donde la sentencia más empleada era “está majara perdida”.

Uno a uno, los alumnos fueron apareciendo ante la triste mesa grande verdosa con madera de roble. Empleaban movimientos aleatorios, nada desgarbados, con el beneplácito de la profesora. Las risas iban por turnos. Lo reconozco, en aquellos días de terror infernal me reía bastante y en ese momento no era excepción. Eso sí, abrí los ojos con sorpresa en casi todos los casos. No paraba de oír “Aprobado” tras la calamidad que supusieron los anteriores exámenes para una gran mayoría -yo incluido-.

En efecto, tras unos larguísimos minutos, me tocó. De 30 alumnos, yo era el 23º alumno en bailar. Me gané, sin comerlo ni beberlo, un comentario de la profesora, “No lo haces mal, pero debes ser más sensual”, al mismo tiempo que yo movía aleatoriamente mi cuerpo simulando que bailaba. Tras treinta segundos de sufrimiento leve, me dijo, tratando de imitar una voz sensual que salió como voz de espantajo, lo siguiente: “Encanto, ¡estás aprobado! Espero que nos volvamos a ver”.

Podía despedirme de matemáticas, pero no huir por patas. La clase acababa simplemente cuando la profe lo decía. Mientras veía a otros danzando, toda clase de pesadillas y horrores por narrar rondaban por mi mente. Entre mis espantosas ganas de dormir y una visión parcial del mundo real, yo me enteré a medias de que el examen había finalizado. También creí haber escuchado ruido comprensible presuntamente proveniente de la profesora con algunas sentencias al vuelo como “Queridos alumnos”, “¿os lo habéis pasado bien?” o “aún queda por recorrer”. Me desperté a duras penas cuando la clase finalizó, momento aquel que aproveché para neutralizar el 90% de los recuerdos de aquella clase.

Siempre recordaré ese día con escaso cariño, enorme nostalgia y sentimientos contradictorios. ¡Quiero volver a vivir esos días! ¡Ay!

Los hombres de la Sociedad Moderna y… ¡sus terribles villanos!

diciembre 26, 2008

Les contaré una verdad absoluta, de las que nuestra sociedad se empeña en tapar, cual truco de magia, al mismo pueblo que la conforma. Una verdad cruel y de la buena. Les hablaré de unos individuos especiales, los hombres-sombra.

¿Conoce usted a aquellos hombres-sombra que susurran al oído a personas que parecen ser muy importantes? Ah, ¿usted se ha dado cuenta de esas cosas negras que dejan por el suelo? Son sus máscaras. Ya ve, son un poco descuidados. A pesar del escrupuloso cuidado en todo lo demás, usan métodos muy baratos para evitar que les reconozcan: se tapan la cara con sus manos, que quedan así completamente inútiles. Cuando la aplastante evidencia indica que hay que usar las manos para abrir la tapa de la cloaca de turno, su hábitat natural, se tapan con los brazos o bajan la cabeza. De vez en cuando, confían en la capacidad de la sociedad para olvidar rápidamente una cara vulgar que no les dice nada.

¿Y qué hacen ellos? Simplemente caminan, la mayoría del tiempo, por las cloacas observando las aguas fecales, disfrutando de sus fragancias, pensando en algún plan que urdir para colocarnos una moda nueva o tendencia y, lo más importante de todo, escoger, de manera selecta, su tiempo para no hacer nada. En el suelo siguen caminando, eso sí, por las zonas indicadas -generalmente barrios empresariales- para susurrar al oído de los grandes directivos de las empresas que cortan el bacalao en la Nación y en esas tierras lejanas que no pertenecen a nuestra Nación. Y poco después, una moda cualquiera -como algún cantante bello o una corriente del vestir que se pasará en dos días- surge cual brote de ébola.

Esos hombres que tan bien configuran la sociedad moderna, en sus ratos por las calles de la Ciudad, son tachados de “locos raros” o lindezas peores por personas que siguen incondicionalmente las modas que idearon. En mi memoria consta la anécdota de una mujer guapa que susurró al oído a su, no menos bella, amiga tras señalar a una sombra que estaba hablando con uno de tantos hombres trajeados cerca del edificio Worchester, perteneciente a la gran compañía textil LOSADA Y HERMANOS S.A. Ambas féminas iban con ropajes morados de una pieza -con sus tropezones blancos-, uno de los últimos gritos de la moda de otoño.

¿Y cómo urden las ideas para sus modas y tendencias? Muy sencillo. Se dedican a vagar, a pensar. Esperan a la inspiración divina, a ese chispazo. También saben cómo reciclar o rescatar modas y tendencias anteriores. Tomaremos prestado un testimonio de los suyos.

El dieciséis de abril del 2006 me encontraba caminando erráticamente por zonas de la cloaca que conocía perfectamente. Pensé en cómo les iba a esos del Más Arriba. Y en este momento dije… ¡Eureka! Creí que a las mujeres les iría bien un reciclaje de la moda que ideamos en primavera del 2005. A esa camiseta ajustada con rayas verdes, blancas y moradas había que añadir una raya naranja. Y listo. Así fue. Funcionó cuando se lanzó en mayo del 2006. La empresa tuvo muchísimas ventas y pronto colores chillones invadían algunas calles para acabar pronto en los fondos del armario. Entonces había que pensar más y más. Esto no parará nunca, me imagino.

SUS TERRIBLES ENEMIGOS, ESOS QUE VIVEN EN LA MISMA CLOACA.

Ellos no están solos en el complejo alcantarillado de la ciudad. De vez en cuando, saludan a los hombres ratón con una o dos palabras y pasan de largo. De paso, pegan un puñetazo al aire. Fantasean con poseer algún enemigo que ponga trabas a sus actividades, en un intento de autojustificación para ser más violentos. Pero no los hay, y los hipotéticos malos están muy atareados, lo cual les condena a ser muy pacíficos. Pongamos el caso de los susodichos hombres ratón y añadamos unas cuantas curiosidades de su sociedad y cultura.

Curiosamente, los hombres ratón son mucho más violentos, si excluimos su acto pacífico de andar por esas inmundas cloacas. Gustan de coger a algún ciudadano desprevenido cuando suben a la superficie para molerlo, ya de vuelta a las cloacas, con una piedra gorda -diferente en cada caso-, que según ellos es “La Piedra del Destino Final”. Normalmente, dicha víctima termina por morir ante la evidencia de más de veinte brutales golpes de piedra. Tienen el humor negro muy afinado. Se dignan a escribir cosas como “Víctima nº 127 – Una anciana. Ha muerto de ataque de piedra galopante, de manera inesperada” en folios que se acumulan en rincones apartados de sus hogares. De vez en cuando, cogen una piedra de cartón para demostrar bondad. En este caso, es probable que la victima grite un solitario ¡ay! o no hacerlo, por la evidente escasez de dolor, amén de poder volver a hacer su vida normal en la superficie.

También hablan con las ratas, siguiendo un rito ancestral. A lo que más llegan es a soltar 100 palabras seguidas sin respuesta, salvo un mordisco de rata repugnante. Y como es habitual, suelen chillar intensamente de dolor. También padecen en su Gran Día, el Grandfallon, cuando beben las aguas fecales de turno y sufren de intensos dolores en su estómago y alaridos adicionales para amenizar la escena. ¡Todo sea por las costumbres antiguas!, dicen ellos.

En realidad, sus costumbres datan de 1962, cuando una pareja de locos decidió construir un refugio en la sección E-23 del sistema de alcantarillado municipal. Se sabe que el esposo había huido recientemente de un manicomio y soñaba con disfrazarse de ratón para integrarse en otra sociedad. Y la esposa, tres cuartos de lo mismo. En vista de ello, no tardaron en tener un hijo y criarlo en las fantasías que ellos idearon en tres horas de aburrimiento supremo. Y así, de una nutrida descendencia que ha asistido habitualmente a la tienda de disfraces de más arriba para surtirse de una segunda piel, de políester habitualmente, se ha ido formando esa curiosa sociedad alternativa que no ha entrado nunca en la prensa generalista. Aclarar que la totalidad de sus miembros han recibido las dos siguientes lecciones del Mundo de Más Arriba, además de hacer abundante uso del incesto para prolongar su existencia por evidente falta de recursos humanos:

-¡Te compraremos un disfraz que formará parte de tu identidad imborrable! Cuando tengas hijitos, haz lo propio. Ya sabes, esa tienda de disfraces llamada “Jolgorio Infinito” y que te disfraza a un precio módico.

-Habitualmente debes subir a las alcantarillas y cazar a jugosos ciudadanos inocentes. Llévalos a tu hogar y mátalos sin piedad. Los sacrificios serán premiados por el Gran Dios Ratón, que te regalará una fotocopia de su sonrisa. Para ello, valen también los hombrecitos que trabajan en nuestras cloacas. ¡Pero nada de molestar a sociedades extrañas que compartan cloacas con nosotros!

Para finalizar, una curiosidad. Aquellas normas sagradas del mundo exterior también están en folios y sufren deterioro cada dos por tres. También en esta sociedad hacen de copistas improvisados para que no se pierdan nunca.

ORÍGENES DE LAS SOMBRAS OSCURAS QUE IMPONEN MODAS, YA SABE.

Y finiquito esta larga historia, que ayudará a comprender la Era de Construcción De la Sociedad Moderna, con un alegato sobre los orígenes de esos hombres-sombra. No tengo ni maldita idea. Creo que habrán salido de una postal de la nada como si de arte de magia se tratara. Tampoco sé cómo conocieron tan acertadamente a los peces gordos del mundillo para tener tal influencia, supongo que sería un inteligente y malvado plan urdido por nuestro Ocupadísimo Gobierno. Y punto.

¡Comentarista + Accidente!

diciembre 7, 2008

Prólogo por Andrés Pérez González:
Ah, el mundo del deporte. Tenemos a esos deportistas de pecho bello y cutis fortalecido que atraen la atención de miles de flashes vacíos y son comentados en boca de millones de seres humanos. También a esos desgraciados comentaristas que sólo son mencionados tímidamente al inicio de los acontecimientos deportivos, pero que acompañan a todo aficionado del deporte y son diana, siempre de segunda mano, de quejas. En las próximas líneas, les desgraciaremos un poco más. No creo que les importe tanto, ¿no?

CAPÍTULO 2:
“Ron Barr, conocido comentarista deportivo que reciclaba 23 veces al mes sus conocimientos sobre deporte, en un día de noviembre de 1995 ya no era el mismo. Durante 2 minutos, dentro de su cabina de comentarista, su cuerpo se volvió inestable porque sí*. Por todos lados, trataba de mutar hinchándose en partes selectas de su cuerpo al azar. Algo no salió bien. Estalló y murió en el acto, llenando el lugar de millones de pedazos suyos con sangre, vísceras y carne. Su compañero, promesa de comentarista y que simulaba ser muy amigo del señor Barr, se mostró indiferente. Quizás agradecía, en el fondo, una ducha atípica”.

CAPÍTULO 39:
“Vicente del Olmo, comentarista de quinta que campeaba por la tercera División de la Liga Española -sin merecer semejante división rebosante de juego-, sufrió el peligroso ataque de un alienígena, autóctono de la galaxia Xeor, que se vistió con un traje típico de lugareño de algún pueblo de Cuenca. Recibió un interesante disparo de pistola desintegradora y, sin querer, su cuerpo desapareció completamente sin dejar rastro. Así se callaba para siempre una voz célebre entre los futbolistas que nada tenían que aportar al mundo del fútbol salvo patadas a destiempo…”

CAPÍTULO 41:
“Jones Barry, comentarista deportivo de la Premier League inglesa, fue víctima de un escupitajo corrosivo de un alienígena de tipo jdidm, con esqueleto metálico y exoesqueleto de piedra marciana, mientras paseaba tranquilamente por una calle de Londres. Aclarar que el extraterrestre, de cinco metros, también estaba enfrascado en su paseo y escupía como lo hacía en su planeta natal por mera costumbre.

¿Cómo se disolvió semejante comentarista? Compartía la misma acera con dicho foráneo. Avanzó unos metros sin enterarse de nada y recibió una ducha repentina de ácido corrosivo, ante la indiferencia de amables y atentos ciudadanos ingleses habituados a las rarezas. Ni ese grito de niña desesperada, cuando el ácido ya se deslizaba cruelmente por los poros de su piel tras el chaparrón inicial en su cuero cabelludo, le salvó…”

* Una versión más completa, usando dos palabras más, se puede encontrar en el Libro de la Devastación del Comentarista, en Explosión 11.1.

Epílogo, por ese ser humano totalmente idéntico al que se atrevió a juntar letras en el prólogo:
En este folleto, devastadoramente resumido para aquellos que comprarán el espectacular libro, nos hemos decidido a hacer una buena y fácil selección de tres relatos sórdidos. Y ahí acaba nuestro cometido, demostrando cómo se rellena un epílogo por rellenar.

Ha sucedido en la casa estándar número 596…

octubre 6, 2008

Un individuo de unos 40 años, con barba de tres semanas, una bolsa de ganchitos repleta de grasa a su derecha, una tripa asomando rebelándose contra la autoridad de la Camiseta Que Lo Censura Todo, cómodamente sentado en el sofá, con su mujer encargándose de las tareas caseras y el hijo jugando a los dinosaurios, y que no tenía ganas de moverse, hizo el mayor esfuerzo físico de sus últimos años. Cogió el mando de la televisión, puso las noticias, encontró su bufanda con el escudo del Real Madrid a la izquierda del sofá y, al ver cierta noticia sobre el Gran Colisionador de Hadrones, gritó de manera atronadora a la vez que agitaba el objeto que acababa de encontrar: “Oé, oé, ¡El LHC ha petado! ¡Jódete! ¡Científicos de pacotilla! ¡Seguro que yo lo hago mejor!”. Después, se observó un silencio sepulcral en toda la casa. El hombre seguía mirando la tele, asumiendo el papel de un vegetal. Contemplaba las siguientes noticias, como el conflicto de Israel y Palestina, con la curiosidad de una lechuga atacada por plagas variadas.